0. Introducción (para saber qué hacer).
Hacer santa esta hora de nuestra vida tiene una intención determinada, clara, precisa: responder a la invitación de Jesús: -Vengan y vean (Jn 1 39); y -Aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón (Mt 11 28). Se trata de andar, de ir hasta Él, de quedarnos escuchándolo, mirándolo... para experimentar sus sentimientos, compartir sus motivos, intuir sus criterios, acompañar sus quereres y, luego, actualizar sus discernimientos, decisiones, comportamientos y decires. El nos ofrece «adentrarnos» en su intimidad y aprender de su centro personal, su corazón. Es la condición de amar como él nos ama, de vivir en su nombre, apostólicamente.
Para ello vamos a usar el método de la lectio divina, cuyos primeros pasos son: leer y releer el texto (lectio), meditar sobre lo que nos ha impresionado (meditatio) y contemplar la vida del hombre como Dios quiere (contemplatio). Probaremos los pasos siguientes de la lectio divina: el sentir y gustar lo contemplado (consolatio), el discernir los caminos que se suscitan (discretio), el elegir y realizar el que se considera voluntad de Dios (actio).
0.1. Oración de Intención: Dios, Padre de toda vida coherente, déjanos encender nuestro corazón en el Corazón Sagrado de tu Hijo. Que, entonces, como el suyo, nuestro amor por Tí se manifieste en esfuerzos por una humanidad reconciliada contigo y entre sí. Te lo pedimos por el mismo Jesucristo, que nos ofrece vivir ya como tus hijos, para conseguirlo plenamente en la eternidad, por los siglos de los siglos.
1. Lectio (lectura y relectura)
Leemos Lc 4, 14-30 en el supuesto de que Dios quiere decirnos algo personal, nuevo, a través de estas palabras, seguramente ya leídas antes. Leemos cuantas veces necesitemos, atentos a lo que nos llama la atención, nos suscita preguntas, nos recuerda, o aclara algo
Hacer santa esta hora de nuestra vida tiene una intención determinada, clara, precisa: responder a la invitación de Jesús: -Vengan y vean (Jn 1 39); y -Aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón (Mt 11 28). Se trata de andar, de ir hasta Él, de quedarnos escuchándolo, mirándolo... para experimentar sus sentimientos, compartir sus motivos, intuir sus criterios, acompañar sus quereres y, luego, actualizar sus discernimientos, decisiones, comportamientos y decires. El nos ofrece «adentrarnos» en su intimidad y aprender de su centro personal, su corazón. Es la condición de amar como él nos ama, de vivir en su nombre, apostólicamente.
Para ello vamos a usar el método de la lectio divina, cuyos primeros pasos son: leer y releer el texto (lectio), meditar sobre lo que nos ha impresionado (meditatio) y contemplar la vida del hombre como Dios quiere (contemplatio). Probaremos los pasos siguientes de la lectio divina: el sentir y gustar lo contemplado (consolatio), el discernir los caminos que se suscitan (discretio), el elegir y realizar el que se considera voluntad de Dios (actio).
0.1. Oración de Intención: Dios, Padre de toda vida coherente, déjanos encender nuestro corazón en el Corazón Sagrado de tu Hijo. Que, entonces, como el suyo, nuestro amor por Tí se manifieste en esfuerzos por una humanidad reconciliada contigo y entre sí. Te lo pedimos por el mismo Jesucristo, que nos ofrece vivir ya como tus hijos, para conseguirlo plenamente en la eternidad, por los siglos de los siglos.
1. Lectio (lectura y relectura)
Leemos Lc 4, 14-30 en el supuesto de que Dios quiere decirnos algo personal, nuevo, a través de estas palabras, seguramente ya leídas antes. Leemos cuantas veces necesitemos, atentos a lo que nos llama la atención, nos suscita preguntas, nos recuerda, o aclara algo
14 Jesús volvió a Galilea por la fuerza del Espíritu. Su fama se extendió por toda la región. 15 Iba enseñando en sus sinagogas, alabado por todos.16 Vino a Nazareth, donde se había criado. El sábado, según costumbre, fue a la sinagoga y se levantó para hacer la lectura. 17 Le entregaron el volumen del profeta Isaías, lo desenrolló y halló el pasaje donde estaba escrito:18 El Espíritu del Señor sobre mí, porque me unigió para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me envió a proclamar la libertad a los cautivos y la visión a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos 19 y proclamar un año de gracia del Señor.20 Enrolló el volumen, lo devolvió al ministro y se sentó. Todos los ojos estaban fijos en él. 21 Entonces, comenzó a decirles: «Esta Escritura que acaban de oír se ha cumplido hoy.» 22 Y todos daban testimonio de él y estaban admirados de las palabras llenas de gracia que salían de su boca. Y decían: «¿Acaso no es éste el hijo de José?»
23 Él les dijo: «Seguramente me van a decir el refrán: Médico, cúrate a ti mismo. Todo lo que hemos oído que ha sucedido en Cafarnaún, hazlo también aquí en tu patria.» 24 Y añadió: «En verdad, les digo que ningún profeta es bien recibido en su tierra»
25 «Les digo de veras: Muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando se cerró el cielo por tres años y seis meses y hubo gran hambre en todo el país; 26 y a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda de Sarepta de Sidón. 27 Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue purificado sino Naamán, el sirio.»
28 Al oír estas cosas, todos los de la sinagoga se llenaron de ira 29 y, levantándose, le arrojaron fuera de la ciudad y le llevaron a una altura escarpada del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad para despeñarle. 30 Pero él, pasando por medio de ellos, se marchó.
Seguramente, a cada uno nos ha llamado la atención una u otra palabra, situación, actitud, conducta, en el texto leído.
Sorprende, por ejemplo, que el reencuentro de Jesús, precisamente con sus conciudadanos, termine en un tumulto, en que lo apresan, echan del pueblo y quieren matar.
E impresiona la construcción literaria de los versículos 18-23. Jesús lee el texto de Isaías 61 1-2, que a todos rememora los 4 cantos del Siervo de Yahvé (42 1; 42 7; 49 9; 50 4-11) y la profecía del rey mesías, descendiente de David (Is 11 1ss.). Lucas crea un ambiente de suspenso. Por un lado, anota cada gesto que realiza Jesús: enrolla el volumen, lo entrega, se sienta: ¿Qué dirá, o hará, ahora? Por otro, nos dice que «todos los ojos estaban fijos en él», atentos, expectantes: «Comenzó a decirles...». No pudo terminar. Todos hablan. Lo conocen de niño, cada uno recuerda algo, admiran sus palabras «llenas de gracias». ¿Es Ël el esperado, el Mesías, el liberador de Israel? ¡Y no es sino el hijo del carpintero!
También podemos preguntarnos ¿Qué pasa con Jesús? ¿Por qué ese discurso de los vv 23-27, prejuzgando qué quiere decirle la gente, quejándose de que no es recibido como debiera y -alineándose con Elías y Eliseo- echándoles en cara no merecer un profeta?
Aunque exagerado, ¿no es comprensible el enojo, la furia y el impulso de linchamiento popular?
¿Cómo fue que «él, pasando por medio de ellos, se marchó»?
Sorprende, por ejemplo, que el reencuentro de Jesús, precisamente con sus conciudadanos, termine en un tumulto, en que lo apresan, echan del pueblo y quieren matar.
E impresiona la construcción literaria de los versículos 18-23. Jesús lee el texto de Isaías 61 1-2, que a todos rememora los 4 cantos del Siervo de Yahvé (42 1; 42 7; 49 9; 50 4-11) y la profecía del rey mesías, descendiente de David (Is 11 1ss.). Lucas crea un ambiente de suspenso. Por un lado, anota cada gesto que realiza Jesús: enrolla el volumen, lo entrega, se sienta: ¿Qué dirá, o hará, ahora? Por otro, nos dice que «todos los ojos estaban fijos en él», atentos, expectantes: «Comenzó a decirles...». No pudo terminar. Todos hablan. Lo conocen de niño, cada uno recuerda algo, admiran sus palabras «llenas de gracias». ¿Es Ël el esperado, el Mesías, el liberador de Israel? ¡Y no es sino el hijo del carpintero!También podemos preguntarnos ¿Qué pasa con Jesús? ¿Por qué ese discurso de los vv 23-27, prejuzgando qué quiere decirle la gente, quejándose de que no es recibido como debiera y -alineándose con Elías y Eliseo- echándoles en cara no merecer un profeta?
Aunque exagerado, ¿no es comprensible el enojo, la furia y el impulso de linchamiento popular?
¿Cómo fue que «él, pasando por medio de ellos, se marchó»?
2. Meditatio (reflexión):
Es el momento de reflexionar lo suscitado por la lectura.
Comencemos, por ejemplo, con que Jesús volvió a Nazareth movido por el Espíritu Santo a anunciar la realización, de Isaías 61 1-2. Está de regreso y le corresponde proclamar «La Ley y los Profetas». Busca el texto desde donde quiere hacer su anuncio. Lo lee: -El Espíritu de Dios está sobre mí. Me ungió…, me envió… Llegó el momento. Todos lo miran atentamente –Esto se cumple hoy, dice. Es decir: -A los necesitados les anuncio que se acabó su vida como problema, a quienes viven «atrapados» les proclamo la libertad y a quienes no ven salida, les aseguro que la verán pronto. ¡Oprimidos, están libres! ¡En nombre de Dios, establezco un año de gracia! El Espíritu lo impulsa a hacer bien, a amar a «los suyos», los prójimos, «como a sí mismo», según la ley de Yahvé (Lv 19 18).
Jesús anuncia a los suyos que el oráculo del profeta se realizaba en aquel momento, pero enseguida nota que los cautivos, ciegos, oprimidos y pecadores de su familia y pueblo no se involucran. Llegan a ponerse contentos por él, sorprendidos porque se trata del conocido hijo del carpintero vecino, pero ninguno va a ser más libre, ver distinto, respirar mejor, acercarse más a Dios
Seguramente nos pasa igual: Con quienes más queremos compartir la fe, las experiencias y misiones espirituales es con quienes nos unen lazos familiares, afectivos. Pero, ¿no suele sucedernos como a Jesús, que nuestro crecimiento espiritual es simplificado y «traducido» a las categorías habituales de triunfo personal, de conveniencia familiar, o de derecho social? ¡Qué bien Teresa de Calcuta, pero yo no soy ella!, dice hoy mucha gente.
Jesús aprende que «los suyos» no son sus cercanos, que se quedan mirándolo desde fuera, ajenos, aunque preciándose de conocerlo y tratarlo. Más adelante dirá: -Mi madre y mis hermanos son quienes oyen la palabra de Dios y la cumplen (Lc 8 19-21). Los vecinos de Nazareth quieren «milagros», signos extraordinarios del poder de Dios. No saben que éstos son signos, antes que del poder, del amor divino. No saben que el amor necesita ser acogido en la implicancia y el compromiso de vida. No reciben el amor de Dios que les llega por Jesús, ni atienden a la propuesta de vida que Él les abre. Ahí está el punto de inflexión. Los textos base de Marcos (Mc 6 5) y Mateo (Mt 13 58) dicen que en Nazareth Jesús «no pudo» hacer ningún milagro a causa de la falta de fe de sus parientes, amigos y vecinos.
Pero, en cada situación Jesús busca el mayor bien posible. Si no reciben su evangelio, que al menos queden con conciencia clara de que les fue ofrecido y lo rechazaron. Su tristeza y lamento no se personaliza. Dice: -Lo que está pasando ya pasó y pasará donde no haya apertura y disposición a la buena nueva. Recuerden que Yahvé no envió a Elías a ser acogido, cuidado y alimentado por nadie de Israel, sino por una viuda de Serepta en el pagano país de Fenicia (ver 1Re 17 8-24). Y que Eliseo pudo sanar al arameo Namán por el amor de Yahvé, cuando hasta el rey, en Israel, se escandalizaban de pensar que eso fuera posible (2 Re 5 14ss).
Impresiona cómo a pesar de la furia y del poder de la turba nazarena, Jesús –cuenta Lucas- pasó en medio de ellos y se marchó. Así instruirá a sus discípulos, al enviarlos como misioneros: -Donde no los reciban, despídanse, sin que les quede siquiera el polvo que se les haya pegado a las suelas (ver Lc 10 10-11).
Es el momento de reflexionar lo suscitado por la lectura.
Comencemos, por ejemplo, con que Jesús volvió a Nazareth movido por el Espíritu Santo a anunciar la realización, de Isaías 61 1-2. Está de regreso y le corresponde proclamar «La Ley y los Profetas». Busca el texto desde donde quiere hacer su anuncio. Lo lee: -El Espíritu de Dios está sobre mí. Me ungió…, me envió… Llegó el momento. Todos lo miran atentamente –Esto se cumple hoy, dice. Es decir: -A los necesitados les anuncio que se acabó su vida como problema, a quienes viven «atrapados» les proclamo la libertad y a quienes no ven salida, les aseguro que la verán pronto. ¡Oprimidos, están libres! ¡En nombre de Dios, establezco un año de gracia! El Espíritu lo impulsa a hacer bien, a amar a «los suyos», los prójimos, «como a sí mismo», según la ley de Yahvé (Lv 19 18).
Jesús anuncia a los suyos que el oráculo del profeta se realizaba en aquel momento, pero enseguida nota que los cautivos, ciegos, oprimidos y pecadores de su familia y pueblo no se involucran. Llegan a ponerse contentos por él, sorprendidos porque se trata del conocido hijo del carpintero vecino, pero ninguno va a ser más libre, ver distinto, respirar mejor, acercarse más a Dios
Seguramente nos pasa igual: Con quienes más queremos compartir la fe, las experiencias y misiones espirituales es con quienes nos unen lazos familiares, afectivos. Pero, ¿no suele sucedernos como a Jesús, que nuestro crecimiento espiritual es simplificado y «traducido» a las categorías habituales de triunfo personal, de conveniencia familiar, o de derecho social? ¡Qué bien Teresa de Calcuta, pero yo no soy ella!, dice hoy mucha gente.
Jesús aprende que «los suyos» no son sus cercanos, que se quedan mirándolo desde fuera, ajenos, aunque preciándose de conocerlo y tratarlo. Más adelante dirá: -Mi madre y mis hermanos son quienes oyen la palabra de Dios y la cumplen (Lc 8 19-21). Los vecinos de Nazareth quieren «milagros», signos extraordinarios del poder de Dios. No saben que éstos son signos, antes que del poder, del amor divino. No saben que el amor necesita ser acogido en la implicancia y el compromiso de vida. No reciben el amor de Dios que les llega por Jesús, ni atienden a la propuesta de vida que Él les abre. Ahí está el punto de inflexión. Los textos base de Marcos (Mc 6 5) y Mateo (Mt 13 58) dicen que en Nazareth Jesús «no pudo» hacer ningún milagro a causa de la falta de fe de sus parientes, amigos y vecinos.
Pero, en cada situación Jesús busca el mayor bien posible. Si no reciben su evangelio, que al menos queden con conciencia clara de que les fue ofrecido y lo rechazaron. Su tristeza y lamento no se personaliza. Dice: -Lo que está pasando ya pasó y pasará donde no haya apertura y disposición a la buena nueva. Recuerden que Yahvé no envió a Elías a ser acogido, cuidado y alimentado por nadie de Israel, sino por una viuda de Serepta en el pagano país de Fenicia (ver 1Re 17 8-24). Y que Eliseo pudo sanar al arameo Namán por el amor de Yahvé, cuando hasta el rey, en Israel, se escandalizaban de pensar que eso fuera posible (2 Re 5 14ss).
Impresiona cómo a pesar de la furia y del poder de la turba nazarena, Jesús –cuenta Lucas- pasó en medio de ellos y se marchó. Así instruirá a sus discípulos, al enviarlos como misioneros: -Donde no los reciban, despídanse, sin que les quede siquiera el polvo que se les haya pegado a las suelas (ver Lc 10 10-11).
3. Contemplatio (Contemplación)
Entremos ahora en el momento de Dios. Lo leído y reflexionado nos trae a Jesucristo. Ahí está Dios hablándonos de nuestra vida de hoy. No está en lo anecdótico, lo circunstancial, sino en el corazón, el ser, las razones, los criterios del Hijo hecho hombre.
¡Con qué alegría, con qué ilusión, habrá vuelto Jesús a su pueblo natal: Eran «los suyos». Seguramente, además que con su madre, ya se habría visto y «puesto al día» con uno y otro tío, primo, vecino, ex compañeros de juegos, estudio, trabajo. Debió estar deseando que llegara el sábado y encontrarlos reunidos en la sinagoga para hacerles el gran anuncio: -Tienen ante ustedes al Hijo de Dios, engendrado para anunciar, liberar, salvar. (ver Lc 3 22). Ahí está la gente a quien le unen más lazos. Está proponiéndoles salirse de credulidades, cumplimientos, fatalismos, obsecuencias, que los encierran en soberbias y competencias. Está pidiéndoles que se impliquen con él, que se abran hacia trascendencias y solidaridades. Pero no. Quedan mirándole desde fuera. Ninguno se reconoce necesitado. (Bienaventurados los pobres, comenzará después Jesús su primer discurso general: (Lc 6 20)) Ninguno se siente preso de nada de lo que pueda liberarle «el hijo del carpintero». Ninguno sospecha que no ve la realidad como es, como la ve Dios… Reconocen que Jesús volvió al pueblo hablando palabras «llenas de gracia», pero no creen que eso les cambie nada. ¡Bienvenido Jesús, pero digas lo que digas, la vida sigue igual!
¡Pobre Jesús!: Trae «fuego» para purificar al mundo y desea ver que arde (ver Lc 12 49), pero encuentra que es distorsionado… El amor no es amado, es visto como poder.
No va con Jesús sentir rabia, despecho, descontrolarse. Pero, tampoco, hacer como que nada pasa. No dirá: -No importa, igual todo bien. Su corazón sufre porque la mayor familiaridad y confianza es, precisamente, la dificultad para respetarle y reconocerle como distinto, como Hijo de Dios ¡Cuánto sorpresa y dolor hay detrás de las palabras: –Nadie es profeta en su tierra.
Como María, Jesús vive de la palabra de Dios. Con ella supo vencer tentaciones en el desierto. Sabe cuál traer ahora para conseguir la conmoción que no consiguió espontánea, naturalmente. Habla de Elías y de Eliseo. En Jerusalén cargará la cruz y morirá porque las autoridades religiosas del país considerarán que «más vale que muera uno a perder el pueblo». En Nazareth carga «la cruz de cada día», porque a sus familiares y vecinos les ofende la verdad que dice. Es excluido de la sinagoga y llevado al margen del pueblo con intención de echarlo definitivamente fuera… Contemplemos a Jesús sufriendo como un ensayo de via crucis familiar, por la calles de Nazareth, su pueblo. Contemplémoslo, sin embargo, entero, seguro, pasando por medio de ellos, yéndose, aunque fracasado entre «los suyos», a predicar a otros.
4. Consolatio (Consolación)
Si meditar en esta experiencia de Jesucristo nos llevó a contemplar su corazón, seguramente hemos sentido el nuestro «dilatado» por la presencia del Espíritu Santo. Hemos intuido algo del misterio divino y él, ha iluminado algo de nuestra vida, de nuestro mundo y nos sentimos alegres, con esa paz que no se consigue sino en relación con el Señor. Es el estado espiritual que llamamos «consolación», en el que se abren horizontes y caminos, planteando generosidades y ocurrencias. A partir de aquí los pasos son personales, referidos a la realidad espiritual de cada cual.
5. Discretio (Discernimiento)
En la paz del amor de Dios, ahora podemos «saber» más de nuestra vida personal, de nuestros entornos próximo y lejano, de la situación del mundo y de la historia en general: qué es de Dios y qué contrario a Él. Es que entrar en la intimidad de Jesucristo nos va «contagiando» su manera de sentir, de ver, de elegir o rechazar. Podemos conseguir una parte más de lo que Pablo aconsejaba a los primeros cristianos de Roma: -No se acomoden al mundo actual, antes bien, transfórmense mediante la renovación de sus mentes, de manera que puedan distinguir la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto (Rm 12 1ss). En este caso puedo preguntarme, por ejemplo: ¿Realmente, pienso que Jesús hizo bien a sus vecinos, amigos y parientes, poniendo de manifiesto lo que pasaba detrás de sus testimonios y alabanzas? ¿O creo que hubiera sido mejor mantener las buenas relaciones? ¿Qué hago cuando me sucede algo así? ¿Me acomodo, por salvar las apariencias, o denuncio la situación para ayudar a la verdad? ¿Corro riesgos de aparecer distinto, de ser despreciado, dejado «en vía muerta», marginado? ¿Qué haré en adelante, en tal o cual situación concreta?
6. Deliberatio (Elección)
Es importante este paso. La lectura de la Palabra de Dios, la meditación de la situación planteada y la contemplación del corazón de Jesucristo, tienen por finalidad que nuestra vida crezca, cambie, hoy. Debo elegir, decidir positiva, concretamente, si voy a continuar como hasta ahora, o a dar pasos –este o aquel- siguiendo al Señor en las situaciones parecidas en que me pueda encontrar.
Entremos ahora en el momento de Dios. Lo leído y reflexionado nos trae a Jesucristo. Ahí está Dios hablándonos de nuestra vida de hoy. No está en lo anecdótico, lo circunstancial, sino en el corazón, el ser, las razones, los criterios del Hijo hecho hombre.
¡Con qué alegría, con qué ilusión, habrá vuelto Jesús a su pueblo natal: Eran «los suyos». Seguramente, además que con su madre, ya se habría visto y «puesto al día» con uno y otro tío, primo, vecino, ex compañeros de juegos, estudio, trabajo. Debió estar deseando que llegara el sábado y encontrarlos reunidos en la sinagoga para hacerles el gran anuncio: -Tienen ante ustedes al Hijo de Dios, engendrado para anunciar, liberar, salvar. (ver Lc 3 22). Ahí está la gente a quien le unen más lazos. Está proponiéndoles salirse de credulidades, cumplimientos, fatalismos, obsecuencias, que los encierran en soberbias y competencias. Está pidiéndoles que se impliquen con él, que se abran hacia trascendencias y solidaridades. Pero no. Quedan mirándole desde fuera. Ninguno se reconoce necesitado. (Bienaventurados los pobres, comenzará después Jesús su primer discurso general: (Lc 6 20)) Ninguno se siente preso de nada de lo que pueda liberarle «el hijo del carpintero». Ninguno sospecha que no ve la realidad como es, como la ve Dios… Reconocen que Jesús volvió al pueblo hablando palabras «llenas de gracia», pero no creen que eso les cambie nada. ¡Bienvenido Jesús, pero digas lo que digas, la vida sigue igual!
¡Pobre Jesús!: Trae «fuego» para purificar al mundo y desea ver que arde (ver Lc 12 49), pero encuentra que es distorsionado… El amor no es amado, es visto como poder.No va con Jesús sentir rabia, despecho, descontrolarse. Pero, tampoco, hacer como que nada pasa. No dirá: -No importa, igual todo bien. Su corazón sufre porque la mayor familiaridad y confianza es, precisamente, la dificultad para respetarle y reconocerle como distinto, como Hijo de Dios ¡Cuánto sorpresa y dolor hay detrás de las palabras: –Nadie es profeta en su tierra.
Como María, Jesús vive de la palabra de Dios. Con ella supo vencer tentaciones en el desierto. Sabe cuál traer ahora para conseguir la conmoción que no consiguió espontánea, naturalmente. Habla de Elías y de Eliseo. En Jerusalén cargará la cruz y morirá porque las autoridades religiosas del país considerarán que «más vale que muera uno a perder el pueblo». En Nazareth carga «la cruz de cada día», porque a sus familiares y vecinos les ofende la verdad que dice. Es excluido de la sinagoga y llevado al margen del pueblo con intención de echarlo definitivamente fuera… Contemplemos a Jesús sufriendo como un ensayo de via crucis familiar, por la calles de Nazareth, su pueblo. Contemplémoslo, sin embargo, entero, seguro, pasando por medio de ellos, yéndose, aunque fracasado entre «los suyos», a predicar a otros.
4. Consolatio (Consolación)
Si meditar en esta experiencia de Jesucristo nos llevó a contemplar su corazón, seguramente hemos sentido el nuestro «dilatado» por la presencia del Espíritu Santo. Hemos intuido algo del misterio divino y él, ha iluminado algo de nuestra vida, de nuestro mundo y nos sentimos alegres, con esa paz que no se consigue sino en relación con el Señor. Es el estado espiritual que llamamos «consolación», en el que se abren horizontes y caminos, planteando generosidades y ocurrencias. A partir de aquí los pasos son personales, referidos a la realidad espiritual de cada cual.
5. Discretio (Discernimiento)
En la paz del amor de Dios, ahora podemos «saber» más de nuestra vida personal, de nuestros entornos próximo y lejano, de la situación del mundo y de la historia en general: qué es de Dios y qué contrario a Él. Es que entrar en la intimidad de Jesucristo nos va «contagiando» su manera de sentir, de ver, de elegir o rechazar. Podemos conseguir una parte más de lo que Pablo aconsejaba a los primeros cristianos de Roma: -No se acomoden al mundo actual, antes bien, transfórmense mediante la renovación de sus mentes, de manera que puedan distinguir la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto (Rm 12 1ss). En este caso puedo preguntarme, por ejemplo: ¿Realmente, pienso que Jesús hizo bien a sus vecinos, amigos y parientes, poniendo de manifiesto lo que pasaba detrás de sus testimonios y alabanzas? ¿O creo que hubiera sido mejor mantener las buenas relaciones? ¿Qué hago cuando me sucede algo así? ¿Me acomodo, por salvar las apariencias, o denuncio la situación para ayudar a la verdad? ¿Corro riesgos de aparecer distinto, de ser despreciado, dejado «en vía muerta», marginado? ¿Qué haré en adelante, en tal o cual situación concreta?
6. Deliberatio (Elección)
Es importante este paso. La lectura de la Palabra de Dios, la meditación de la situación planteada y la contemplación del corazón de Jesucristo, tienen por finalidad que nuestra vida crezca, cambie, hoy. Debo elegir, decidir positiva, concretamente, si voy a continuar como hasta ahora, o a dar pasos –este o aquel- siguiendo al Señor en las situaciones parecidas en que me pueda encontrar.
7. Actio (Acción)
No termina la Lectio Divina sino en la actividad cristiana. Relación con Dios y acción cristiana son caras de una misma moneda: se suponen, necesitan, complementan. La contemplación del corazón de Cristo que abre a la presencia del Espíritu Santo consolador, después del discernimiento y la elección debe terminar en la acción que cierra el ciclo oración-acción, estar con Jesús-servir en su nombre. Así es que la hora santa se extiende al ofrecimiento diario y a la entrega de la vida realizada en mil ocasiones en cada jornada.
No termina la Lectio Divina sino en la actividad cristiana. Relación con Dios y acción cristiana son caras de una misma moneda: se suponen, necesitan, complementan. La contemplación del corazón de Cristo que abre a la presencia del Espíritu Santo consolador, después del discernimiento y la elección debe terminar en la acción que cierra el ciclo oración-acción, estar con Jesús-servir en su nombre. Así es que la hora santa se extiende al ofrecimiento diario y a la entrega de la vida realizada en mil ocasiones en cada jornada.
Juan Antonio Medina S.I.














