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viernes 10 de julio de 2009

Hora Santa: Jesús en Nazaret Lc 4 14-30

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0. Introducción  (para saber qué hacer).
     Hacer santa esta hora de nuestra vida tiene una intención determinada, clara, precisa: responder a la invitación de Jesús: -Vengan y vean (Jn 1 39); y -Aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón (Mt 11 28). Se trata de andar, de ir hasta Él, de quedarnos escuchándolo, mirándolo... para experimentar sus sentimientos, compartir sus motivos, intuir sus criterios, acompañar sus quereres y, luego, actualizar sus discernimientos, decisiones, comportamientos y decires. El nos ofrece «adentrarnos» en su intimidad y aprender de su centro personal, su corazón. Es la condición de amar como él nos ama, de vivir en su nombre, apostólicamente.
    Para ello vamos a usar el método de la lectio divina, cuyos primeros pasos son: leer y releer el texto (lectio), meditar sobre lo que nos ha impresionado (meditatio) y contemplar la vida del hombre como Dios quiere (contemplatio). Probaremos los pasos siguientes de la lectio divina: el sentir y gustar lo contemplado (consolatio), el discernir los caminos que se suscitan (discretio),  el elegir y realizar el que se considera voluntad de Dios (actio).

 0.1.
Oración de Intención: Dios, Padre de toda vida coherente, déjanos encender nuestro corazón en el Corazón Sagrado de tu Hijo. Que, entonces, como el suyo, nuestro amor por Tí se manifieste en esfuerzos por una humanidad reconciliada contigo y entre sí. Te lo pedimos por el mismo Jesucristo, que nos ofrece vivir ya como tus hijos, para conseguirlo plenamente en la eternidad, por los siglos de los siglos.

1. Lectio (lectura y relectura)
    Leemos Lc 4, 14-30 en el supuesto de que Dios quiere decirnos algo personal, nuevo, a través de estas palabras, seguramente ya leídas antes. Leemos cuantas veces necesitemos, atentos a lo que nos llama la atención, nos suscita preguntas, nos recuerda, o aclara algo
    
14 Jesús volvió a Galilea por la fuerza del Espíritu. Su fama se extendió por toda la región. 15 Iba enseñando en sus sinagogas, alabado por todos.16 Vino a Nazareth, donde se había criado. El sábado, según costumbre, fue a la sinagoga  y se levantó para hacer la lectura. 17 Le entregaron el volumen del profeta Isaías, lo desenrolló y halló el pasaje donde estaba escrito:18 El Espíritu del Señor sobre mí, porque me unigió para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me envió  a proclamar la libertad a los cautivos y la visión a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos 19 y proclamar un año de gracia del Señor.20 Enrolló el volumen, lo devolvió al ministro y se sentó. Todos los ojos estaban fijos en él. 21 Entonces, comenzó a decirles: «Esta Escritura que acaban de oír se ha cumplido hoy.» 22 Y todos daban testimonio de él y estaban admirados de las palabras llenas de gracia que salían de su boca. Y decían: «¿Acaso no es éste el hijo de José?»
23 Él les dijo: «Seguramente me van a decir el refrán: Médico, cúrate a ti mismo. Todo lo que hemos oído que ha sucedido en Cafarnaún, hazlo también aquí en tu patria.» 24 Y añadió: «En verdad, les digo que ningún profeta es bien recibido en su tierra»
25 «Les digo de veras: Muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando se cerró el cielo por tres años y seis meses y hubo gran hambre en todo el país; 26 y a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda de Sarepta de Sidón. 27 Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue purificado sino Naamán, el sirio.»
28 Al oír estas cosas, todos los de la sinagoga se llenaron de ira 29 y, levantándose, le arrojaron fuera de la ciudad y le llevaron a una altura escarpada del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad para despeñarle. 30 Pero él, pasando por medio de ellos, se marchó.
Seguramente, a cada uno nos ha llamado la atención una u otra palabra, situación, actitud, conducta, en el texto leído.
    Sorprende, por ejemplo, que el reencuentro de Jesús, precisamente con sus conciudadanos, termine en un tumulto, en que lo apresan, echan del pueblo y quieren matar.
    E impresiona la construcción literaria de los versículos 18-23. Jesús lee el texto de Isaías 61 1-2, que a todos rememora los 4 cantos del Siervo de Yahvé (42 1; 42 7; 49 9; 50 4-11) y la profecía del rey mesías, descendiente de David (Is 11 1ss.). Lucas crea un ambiente de suspenso. Por un lado, anota cada gesto que realiza Jesús: enrolla el volumen, lo entrega, se sienta: ¿Qué dirá, o hará, ahora?  Por otro, nos dice que «todos los ojos estaban fijos en él», atentos, expectantes: «Comenzó a decirles...». No pudo terminar. Todos hablan. Lo conocen de niño, cada uno recuerda algo, admiran sus palabras «llenas de gracias». ¿Es Ël el esperado, el Mesías, el liberador de Israel? ¡Y no es sino el hijo del carpintero!
    También podemos preguntarnos ¿Qué pasa con Jesús? ¿Por qué ese discurso de los vv 23-27, prejuzgando qué quiere decirle la gente, quejándose de que no es recibido como debiera y -alineándose con Elías y Eliseo- echándoles en cara no merecer un profeta?
    Aunque exagerado, ¿no es comprensible el enojo, la furia y el impulso de linchamiento popular?
    ¿Cómo fue que «él, pasando por medio de ellos, se marchó»?
2. Meditatio (reflexión):
    Es el momento de reflexionar lo suscitado por la lectura.
    Comencemos, por ejemplo, con que Jesús volvió a Nazareth movido por el Espíritu Santo a anunciar la realización, de Isaías 61 1-2. Está de regreso y le corresponde proclamar «La Ley y los Profetas». Busca el texto desde donde quiere hacer su anuncio. Lo lee: -El Espíritu de Dios está sobre mí. Me ungió…, me envió…  Llegó el momento. Todos lo miran atentamente –Esto se cumple hoy, dice. Es decir: -A los necesitados les anuncio que se acabó su vida como problema, a quienes viven «atrapados» les proclamo la libertad y a  quienes no ven salida, les aseguro que la verán pronto. ¡Oprimidos, están libres! ¡En nombre de Dios, establezco un año de gracia! El Espíritu lo impulsa a hacer bien, a amar a «los suyos», los prójimos, «como a sí mismo», según la ley de Yahvé (Lv 19 18).
    Jesús anuncia a los suyos que el oráculo del profeta se realizaba en aquel momento, pero enseguida nota que los cautivos, ciegos, oprimidos y pecadores de su familia y pueblo no se involucran. Llegan a ponerse contentos por él, sorprendidos porque se trata del conocido hijo del carpintero vecino, pero ninguno va a ser más libre, ver distinto, respirar mejor, acercarse más a Dios
    Seguramente nos pasa igual: Con quienes más queremos compartir la fe, las experiencias y misiones espirituales es con quienes nos unen lazos familiares, afectivos. Pero, ¿no suele sucedernos como a Jesús, que nuestro crecimiento espiritual es simplificado y «traducido» a las categorías habituales de triunfo personal, de conveniencia familiar, o de derecho social? ¡Qué bien Teresa de Calcuta, pero yo no soy ella!, dice hoy mucha gente.
    Jesús aprende que «los suyos» no son sus cercanos, que se quedan mirándolo desde fuera, ajenos, aunque preciándose de conocerlo y tratarlo. Más adelante dirá: -Mi madre y mis hermanos son quienes oyen la palabra de Dios y la cumplen (Lc 8 19-21). Los vecinos de Nazareth quieren «milagros», signos extraordinarios del poder de Dios. No saben que éstos son signos, antes que del poder, del amor divino. No saben que el amor necesita ser acogido en la implicancia y el compromiso de vida. No reciben el amor de Dios que les llega por Jesús, ni atienden a la propuesta de vida que Él les abre. Ahí está el punto de inflexión. Los textos base de Marcos (Mc 6 5) y Mateo (Mt 13 58) dicen que en Nazareth Jesús «no pudo» hacer ningún milagro a causa de la falta de fe de sus parientes, amigos y vecinos.
    Pero, en cada situación Jesús busca el mayor bien posible. Si no reciben su evangelio, que al menos queden con conciencia clara de que les fue ofrecido y lo rechazaron. Su tristeza y lamento no se personaliza. Dice: -Lo que está pasando ya pasó y pasará donde no haya apertura y disposición a la buena nueva. Recuerden que Yahvé no envió a Elías a ser acogido, cuidado y alimentado por nadie de Israel, sino por una viuda de Serepta en el pagano país de Fenicia (ver 1Re 17 8-24). Y que Eliseo pudo sanar al arameo Namán por el amor de Yahvé, cuando hasta el rey, en Israel, se escandalizaban de pensar que eso fuera posible (2 Re 5 14ss).  
    Impresiona cómo a pesar de la furia y del poder de la turba nazarena, Jesús –cuenta Lucas- pasó en medio de ellos y se marchó. Así instruirá a sus discípulos, al enviarlos como misioneros: -Donde no los reciban, despídanse, sin que les quede siquiera el polvo que se les haya pegado a las suelas  (ver Lc 10 10-11).
3. Contemplatio (Contemplación)
    Entremos ahora en el momento de Dios. Lo leído y reflexionado nos trae a Jesucristo. Ahí está Dios hablándonos de nuestra vida de hoy. No está en lo anecdótico, lo circunstancial, sino en el corazón, el ser, las razones, los criterios del Hijo hecho hombre.
    ¡Con qué alegría, con qué ilusión, habrá vuelto Jesús a su pueblo natal: Eran «los suyos». Seguramente, además que con su madre, ya se habría visto y «puesto al día» con uno y otro tío, primo, vecino, ex compañeros de juegos, estudio, trabajo. Debió estar deseando que llegara el sábado y  encontrarlos reunidos en la sinagoga para hacerles el gran anuncio: -Tienen ante ustedes al Hijo de Dios, engendrado para anunciar, liberar, salvar. (ver Lc 3 22). Ahí está la gente a quien le unen más lazos. Está proponiéndoles salirse de credulidades, cumplimientos, fatalismos, obsecuencias, que los encierran en soberbias y competencias. Está pidiéndoles que se impliquen con él, que se abran hacia trascendencias y solidaridades. Pero no. Quedan mirándole desde fuera. Ninguno se reconoce necesitado. (Bienaventurados los pobres, comenzará después Jesús su primer discurso general: (Lc 6 20)) Ninguno se siente preso de nada de lo que pueda liberarle «el hijo del carpintero». Ninguno sospecha que no ve la realidad como es, como la ve Dios… Reconocen que Jesús volvió al pueblo hablando palabras «llenas de gracia», pero no creen que eso les cambie nada. ¡Bienvenido Jesús, pero digas lo que digas, la vida sigue igual!
    ¡Pobre Jesús!: Trae «fuego» para purificar al mundo y desea ver que arde (ver Lc 12 49), pero encuentra que es distorsionado… El amor no es amado, es visto como poder.
    No va con Jesús sentir rabia, despecho, descontrolarse. Pero, tampoco, hacer como que nada pasa. No dirá: -No importa, igual todo bien. Su corazón sufre porque la mayor familiaridad y confianza es, precisamente,  la dificultad para respetarle y reconocerle como distinto, como Hijo de Dios ¡Cuánto sorpresa y dolor hay detrás de las palabras: –Nadie es profeta en su tierra.
    Como María, Jesús vive de la palabra de Dios. Con ella supo vencer tentaciones en el desierto. Sabe cuál traer ahora para conseguir la conmoción que no consiguió espontánea, naturalmente. Habla de Elías y de Eliseo. En Jerusalén cargará la cruz y morirá porque las autoridades religiosas del país considerarán que «más vale que muera uno a perder el pueblo». En Nazareth carga «la cruz de cada día», porque a sus familiares y vecinos les ofende la verdad que dice. Es excluido de la sinagoga y llevado al margen del pueblo con intención de echarlo definitivamente fuera… Contemplemos a Jesús sufriendo como un ensayo de via crucis familiar, por la calles de Nazareth, su pueblo. Contemplémoslo, sin embargo, entero, seguro, pasando por medio de ellos, yéndose, aunque fracasado entre «los suyos», a predicar a otros.

 4. Consolatio (Consolación)
    Si meditar en esta experiencia de Jesucristo nos llevó a contemplar su corazón, seguramente hemos sentido el nuestro «dilatado» por la presencia del Espíritu Santo. Hemos intuido algo del misterio divino y él, ha iluminado algo de nuestra vida, de nuestro mundo y nos sentimos alegres, con esa paz que no se consigue sino en relación con el Señor. Es el estado espiritual que llamamos «consolación», en el que se abren horizontes y caminos, planteando generosidades y ocurrencias. A partir de aquí los pasos son personales, referidos a la realidad espiritual de cada cual.

5. Discretio (Discernimiento)
    En la paz del amor de Dios, ahora podemos «saber» más de nuestra vida personal, de nuestros entornos próximo y lejano, de la situación del mundo y de la historia en general: qué es de Dios y qué contrario a Él. Es que entrar en la intimidad de Jesucristo nos va «contagiando» su manera de sentir, de ver, de elegir o rechazar. Podemos conseguir una parte más de lo que Pablo aconsejaba a los primeros cristianos de Roma: -No se acomoden al mundo actual, antes bien, transfórmense mediante la renovación de sus mentes, de manera que puedan distinguir la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto (Rm 12 1ss). En este caso puedo preguntarme, por ejemplo: ¿Realmente, pienso que Jesús hizo bien a sus vecinos, amigos y parientes, poniendo de manifiesto lo que pasaba detrás de sus testimonios y alabanzas? ¿O creo que hubiera sido mejor mantener las buenas relaciones? ¿Qué hago cuando me sucede algo así? ¿Me acomodo, por salvar las apariencias, o denuncio la situación para ayudar a la verdad? ¿Corro riesgos de aparecer distinto, de ser despreciado, dejado «en vía muerta», marginado? ¿Qué haré en adelante, en tal o cual situación concreta?

6. Deliberatio (Elección)
    Es importante este paso. La lectura de la Palabra de Dios, la meditación de la situación planteada y la contemplación del corazón de Jesucristo, tienen por finalidad que nuestra vida crezca, cambie, hoy. Debo elegir, decidir positiva, concretamente, si voy a continuar como hasta ahora, o a dar pasos –este o aquel- siguiendo al Señor en las situaciones parecidas en que me pueda encontrar.
7. Actio (Acción)
    No termina la Lectio Divina sino en la actividad cristiana. Relación con Dios y acción cristiana son caras de una misma moneda: se suponen, necesitan, complementan. La contemplación del corazón de Cristo que abre a la presencia del Espíritu Santo consolador, después del discernimiento y la elección debe terminar en la acción que cierra el ciclo oración-acción, estar con Jesús-servir en su nombre. Así es que la hora santa se extiende al ofrecimiento diario y a la entrega de la vida realizada en mil ocasiones en cada jornada.
Juan Antonio Medina S.I.

sábado 4 de julio de 2009

Cuando se Precisa Mansedumbre y Esperanza

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Mi hijo menor se vino a vivir a casa con su esposa y mis 2 nietos. Ocuparon los dormitorios vacíos, de cuando eran niños.
    Al tiempo, me «propuso»:     
-¿No te parece «lógico» dejarnos tu cuarto, demasiado grande y mudarte al nuestro?
    Así me empecé a esfumar.
    Cuando les nació la beba, mi nuera me «sugirió» ceder esa habitación a los varones y trasladarme al galponcito, al otro lado del patio: -Tendrá más independencia, abuela.
    Iban a sacar los cachivaches, arreglar los paneles del cielorraso, a colocarme una estufa. Pero, aun no les llegó el momento.
     De día, escapando a los chifletes, cruzaba a la casa: Si me ofrecía a ayudar me decían que no me metiera. Si tomaba la iniciativa, se molestaban: -¡Deje eso! Si me quedaba sentada: -¿No tenés nada que hacer, vieja? O: -¿Que tal si se lleva una ropita de sus nietos y la plancha en «su casita»? 
    De noche, me arrebujo en las frazadas. Nadie percibe mi frío, mi soledad, mi desconcierto. Menos, mi amor, mi deseo de participar, de aportar.
    Un día Dieguito se peleó con su hermano y yo le explicaba que debía perdonar. Me espetó: -Tú no sabés nada Abú, porque venís de otro mundo... Y salió corriendo. ¡Una pena que no quisiera conocer «mi mundo»!
    A menudo me sube la presión, me duelen los huesos, pero no puedo comentarlo. Dicen:  -¡Ya estás, con tus cosas!
     En las comidas, nunca se dirigen a mí y si comento algo,  «como quien oye llover».
    Un domingo vinieron mis otros hijos, con sus familias. Después de saludar, me dejaron sola y me fuí a mi «casilla». A la hora del almuerzo quedé esperando... Nadie vino a buscarme. Pasé la tarde en la ventana. Cuando se despedían, oí que decían: -Saludame a la vieja. A la noche, ni pregunté, ni se aludió al tema.
    Se que tengo culpa en el haber ido borrándome. Pero una madre sabe darse, no reclamar su lugar, exigir sus derechos.
    En realidad, no me quejo: Yo viví un mundo más integrado. Y sé que me rechazan, no por maldad o desprecio. Es que viven absortos en su presente, demasiado complejo.
    Miro a Jesucristo y aprendo de su corazón, que necesito manso, humilde...  esperanzado.
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miércoles 1 de julio de 2009

Intención de Oración Universal de Julio 2009

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Que los Cristianos Puedan Ser Instrumentos
de Reconciliación y Paz en Medio Oriente

Los medios de comunicación, nos informan a diario de los dramas que viven los habitantes de Medio Oriente. Sin embargo, esa gente suele resultarnos misteriosa y lejana por sus historias y conflictos y hasta por sus idiomas y costumbres.
    Pero, la Iglesia se preocupa y ocupa de esos hermanos. Así es que nos confía que a lo largo de este mes, un rato cada día, tratemos con Dios acerca de sus relaciones difíciles y del aporte que necesitan de los cristianos.
    Antes que nada debemos ubicar a qué personas de qué países y a cuáles de sus situaciones, nos referimos.
    «Cercano», «Próximo», o  «Medio» Oriente, son maneras distintas de referirse a la misma región, distinguiéndola del «Lejano» o «Extremo» Oriente. 
La nomenclatura resulta de la práctica viajera y comercial europea, principalmente inglesa, que llamó así al «corredor» que, de norte a sur, une Eurasia y Africa; y de occidente a oriente, al Mediterráneo y el océano Índico.
    En orden alfabético, Medio Oriente está conformado, por los siguientes países: Arabia Saudita; Egipto, Emiratos Árabes Unidos; Irán; Irak; Israel; Jordania; Kuwait; Líbano; Omán; Qatar; Siria y Yemen.
    La lista no es precisa porque, más que a una zona geográfica, se llama Oriente Medio a una región cultural e incluso espiritual. 
    Medio Oriente fue plaza de las primeras civilizaciones, desarrolladas alrededor del agua: de los ríos Tigris y Éufrates, la mesopotámica; del Nilo, la egipcia; del mar Mediterráneo, la fenicia y la hebrea.
   Medio Oriente fue, también, cuna espiritual del judaísmo, el cristianismo, el islamismo, el yazidismo, mitraísmo, zoroastrismo, maniqueísmo...
    La necesidad de orar hoy por la reconciliación de los pueblos del Medio Oriente, fundamentalmente tiene su razón en 3 conflictos: entre iraquíes e iraníes, israelíes y árabes, países desarrollados y productores de petróleo.
    Algunas de las razones que unos y otros manejan son herencia de historias antiquísimas: Las disputas fronterizas entre Irán e Irak tienen antecedentes en las de los imperios otomano y persa. Las de árabes e israelíes, en su constitución como pueblos descendientes de Abraham y, respectivamente, de Agar y Sara. También las luchas entre los imperios de occidente y los países del Medio Oriente son antiguas: baste recordar la dominación romana que conoció Jesús.
    Sin embargo, las disputas actuales son consecuencias del siglo XX: Por un lado, en el subsuelo de la región se descubrió petróleo y, desde el principio, Inglaterra buscó controlar su explotación y comercialización. Por otro, entre los judíos surgió un movimiento nacionalista -el sionismo- aspirando a un estado israelí. 
    Enfrentada al Imperio Otomano en la 1ª guerra mundial, Inglaterra promete a los judíos las tierras de Palestina, si le ayudan  eco-nómicamente; lo mismo a los árabes, a cambio de apoyo militar.
    Después de la 2ª guerra mundial, la hegemonía de Inglaterra es sustituída por la de Estados Unidos de Norte América.
    Pero, el holocausto de 6 millones de judíos mueve a las Naciones Unidas a crear -en mayo de 1948- el Estado de Israel, según deseaban los sionistas: Se divide Palestina, reservándose una parte para los árabes. Pero, éstos no aceptan replegarse a una región y declaran la guerra al país apenas nacido.
    Desde entonces, Israel vive según aquello de que «la mejor defensa es un buen ataque». En 1949 se expande sobre territorios palestinos. En 1956, vence a Egipto que, nacionalizado el canal de Suez, le impedía acceder al océano Índico. En 1967, en la llamada «guerra de los 6 días», anexa territorios egipcios, sirios y jordanos. En 1971, vuelve a triunfar sobre Egipto que, aprovechando la celebración del Yon Kipur, intentó recuperar lo perdido. En 1982 declara la guerra y ocupa el sur del Líbano, desde donde actúa la Organización para la Liberación de Palestina (OLP). El gobierno libanés expulsa de su territorio a esta organización, pero Israel no retrocede consecuentemente. Por forzarlo, se organiza Hezballáh, el «Partido de Dios», que pelea una guerra de guerrillas. Cuando, después de 17 años -el año 2000-, Israel se retira, ese movimiento se radicaliza y jura acabar con el Estado judío.
    Mientras lucha la «guerra fría» con la URSS, Estados Unidos de Norte América busca consolidar sus intereses en la región. Se han descubierto -especialmente en Arabia Saudì e Irán-, las mayores reservas de petróleo del mundo.
    Contando con el apoyo de USA, el 22 de setiembre de 1980, Irak invade Irán. Aunque enseguida es rechazado, desata una guerra que dura 8 años y cuesta 1 millón y medio de vidas (60% iraníes), más 2 millones de invalidados... y la ruina económica de ambos países.
    Otro actor que incide en la región es la Organización de Países Productores y Exportadores de Petróleo (OPEP): busca contrarrestar el egoísmo de los países desarrollados, sobre todo al fijar precios.
    Recordando las intervenciones de Estados Unidos y sus socios en Afganistán, Irán e Irak, aplicando la antigua receta «divide y reinarás», constatamos que la región ha visto exacerbar las diferencias étnicas, históricas, culturales y, sobre todo, religiosas.
    Presentes en todos Oriente Medio, los cristianos buscan ser signos e instrumentos de reconciliación y paz. Pero, pocas veces son comprendidos y muchas usados como «chivo expiatorio». Así, soportan todo tipo de intolerancias, injusticias y persecuciones. Tantos han debido emigrar que,  habiendo sido el 95% de la población del sudeste mediterráneo, hoy apenas llegan al 6%. En Irak, del millón y medio que fueron antes de la guerra del 2003, quedan unos 500 mil cristianos. En Tierra Santa, del 85% que eran en Belén en 1948, hoy son el 12%. Y, en Jerusalén, el 2%, contra el 53% de 1992.
    Oramos por los cris tianos que viven en Medio Oriente, recordando que el Papa acaba de visitarlos: a ayudarles, hablando de las acciones de Gaza, el muro de Cisjordania, etc.; y, sobre todo, a recordarles que «con la fuerza divina, la reconciliación   no es imposible en Medio Oriente».


orar pensando
1. ¿Suelo orar y solidarizarme con hermanos que viven su fe en condiciones más difíciles que las mías ?
2. ¿Persisten en mí actitudes de intolerancia o violencia hacia quienes tienen costumbres o ideas distintas ?
3. ¿Qué iniciativa(s) puedo tomar para ayudar a construir un mundo reconciliado y en paz?


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Palabra para Orar: Julio 2009

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orar con la palabra

Este país a tu descendencia:    Gn 12 1-7

Felices los hacedores de paz:         Sal 84

Desaparezca toda enemistad:   St 4 1-10

Quien agredE a su hermano: Mt 5 20-24

Intención de Oración Misional de Julio de 2009

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Que la Iglesia Sea Germen y Núcleo
de una Humanidad Reconciliada
en la Única Familia de Dios,
Por el Testimonio de Todos los Fieles,
en Cada Nación del Mundo

Durante la Jornada de la Juventud de Brasil, en mayo de 2007, el Papa Benedicto XVI habló a los jóvenes en el estadio de Pacaembu.
    Lo que les dijo nos ayuda ahora a orar esta intención.

Sean varones y mujeres libres y responsables; hagan de la familia un foco que irradie paz y alegría; sean promotores de la vida, desde el inicio hasta su final natural; amparen a los ancianos, que merecen respeto y admiración por el bien que les han hecho.
    El Papa también espera que los jóvenes traten de santificar su trabajo, haciéndolo con competencia técnica y con diligencia, para contribuir al progreso de todos sus hermanos y para iluminar con la luz del Verbo todas las actividades humanas (ver L. Gentium 36).
    Pero el Papa espera, sobre todo, que sepan ser protagonistas  de una sociedad más justa y fraterna, cumpliendo sus obligaciones ante el Estado: respetando sus leyes, no dejándose llevar por el odio ni la violencia, siendo ejemplo de conducta cristiana en el ambiente profesional y social; y distinguiéndose por la honradez en las relaciones sociales y profesionales.
    Tengan en cuenta que la ambición desmedida de riqueza y de poder lleva a la corrupción personal y ajena. No existen motivos que justifiquen hacer prevalecer las propias aspiraciones humanas, tanto económicas como políticas, con el fraude y el engaño.
    En definitiva, existe un inmenso panorama de acción en el cual las cuestiones de orden social, económico y político adquieren un relieve particular, siempre que tengan su fuente de inspiración en el Evangelio y en la doctrina social de la Iglesia: la construcción de una sociedad más justa y solidaria, reconciliada y pacífica; el compromiso por frenar la violencia; las iniciativas que promuevan la vida plena, el orden democrática y el bien común y, especialmente, las que buscan eliminar ciertas discriminaciones existentes en las sociedades latinoamericanas y no son motivo de exclusión, sino de enriquecimiento recíproco.

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lunes 15 de junio de 2009

Reflexiones sobre el Apostolado de la Oración: P. Arrupe S.I.

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 El 4 de mayo de 1974 se claururó en la Curia el Congreso Internacional de Secretarios Nacionales del Apostolado de la Oración, el primero después de la aprobación de sus nuevos Estatutos (1968)

INTRODUCCIÓN
 Importa sobremanera que nos demos cuetna del valor que tiene el APOSTOLADO DE LA ORACION (AO) en el momento histórico actual, de las nuevas oportunidades que se le presentan y de la eficacia que puede tener en las presentes circunstancias, ya que el mundo se encuentra hoy no sólo en una encrucijada sino en un momento de creación de una nueva cultura y de una nueva humanidad.
    La historia de la humanidad es la historia de la salvación; la filosofía de la historia viene a coincidir con la teología de la historia. Es el Espíritu de Dios -que renueva la faz de la tierra- el que dirige la historia de la humanidad. El hombre hace sus planes, pero Dios es quien rige el mundo: «el corazón del hombre medita su camino, pero Yahvé asegura sus pasos» (Pv 16, 9).
    Entrevemos esa acción oculta del Espíritu a través de los signos de los tiempos. El mundo, los fenómenos sociales, el curso de la humanidad son como un libro escrito por un doble autor: el Espíritu de Dios y la libertad humana, unidos en colaboración y formando un consorcio que es verdadero misterio. Misterio de la Providencia y de la sabiduría infinita, por un lado y misterio de la libertad humana, por el otro. «Pues sabemos que la creación gime hasta el presente y sufre dolores de parto...» (Rm 8, 22).
    El AO puede y debe ser una gran fuerza de transformación del mundo.
    Hablo aquí de «mundo», no en un sentido filosófico y general, sino concreto e histórico: el conjunto de los hombres y de las cosas que constituyen nuestro mundo actual. Es el mundo que ha tenido presente el Concilio:
    «El mundo de los hombres, la entera familia humana con el conjunto universal de las realidades entre las que ésta vive; el mundo, teatro de la historia humana, señalado por los esfuerzos de los hombres, sus fracasos y sus victorias; el mundo que los cristianos creen fundado y conservado por el amor del Creador, esclavizado bajo la servidumbre del pecado, pero liberado por Cristo, crucificado y resucitado, roto el poder del demonio, para que el mundo se transforme, según el propósito divino y llegue a su consumación» (G.S., 2).
    Esta transformación de la que aquí se habla se opera por la asunción del mundo en Cristo, «para hacer de él, comenzando ya desde esta tierra», una nueva creatura que alcanzará su plenitud el último día (ver A.A., 5). Cristo resucitado es el comienzo de esta nueva creación. «Primatum habens».
    Y este comienzo está dinámicamente presente en la Iglesia -primitiae creationis novae- como una fuerza transformadora. Esta fuerza obra por la Palabra del Evangelio y por los Sacramentos, en toda la Comunidad eclesial, se extiende sobre todas las creaturas «que esperan la manfiestación de la gloria de los hijos de Dios» (Rm 8, 19).
    En la Iglesia, el AO es un órgano privilegiado de esta fuerza, ayuda a los cristianos a vivir y a obrar en esta fuerza. Así el APOSTOLADO es un medio de elección «para llevar a la perfección» a nuestros hermanos y hermanas en la Iglesia (fin de la Societatis Iesu).
    Veamos ahora más de cerca cómo es el AO  un instrumento para la transformación del mundo: los hechos y las potencialidades.
    Quisiera yo distinguir tres niveles, íntimamente ligados:
1. El cristiano individual; 2. La dimensión social: la Iglesia; 3. La dimensión cósmica: el mundo.
«Eperanza y un alimento para el camino en aquel sacramento de la fe, en el que los elementos de la naturaleza, cultivados por el hombre, se convierten en su Cuerpo y en su Sangre gloriosos. Esta es la cena de la comunión fraterna y una anticipación del banquete celestial» (G.S., 38).
     

    1. TRANSFORMACIÓN DE LA VIDA DEL CRISTIANO
En el plano de la libertad, del acto moral, libre. Esencial para el acto libre es la intención. Damos toda su fuerza a la palabra «intención». No la intención como a veces es considerada mezquinamente, concebida de una manera demasiado exclusivamente voluntarista, en el plano de la voluntad, sino más bien como en la gran corriente de la tradición escolástica, como perteneciente ante todo al entendimiento. (Hoy hablaríamos más fácilmente de «mentalidad», de la «dimensión» de la conciencia). Podríamos decir que la intención es la que da la forma al acto. En un solo acto puede haber varias intenciones. Una intención puede también ser más o menos «actual».
    La gran intención del cristiano es la identificación con la intención del Dios Creador, como dice el Concilio en el texto citado más arriba: «Dios mismo quiere, en Cristo, reasumir el mundo entero, para hacer de él una nueva creatura» (A.A., 5), o como lo dicen los Ejercicios en el Principio y Fundamento: identificación -también y por eso mismo- con la intención de Cristo, como está expresada en el «Reino» de los Ejercicios.
    Esta intención ha sido aceptada por el cristiano en el momento del bautismo. Pero, para que la vida cristiana llegue a ser más perfecta es preciso que esta intención transforme («informe») su mentalidad y pueda llegar a ser una dimensión «actual» de su conciencia.
    El AO ayuda a actualizar esta intención poniéndola en «la actualidad»; haciendo presentes a la conciencia del cristiano las grandes intenciones actuales de la Iglesia.
    Esta intención actualizada y actual puede transformar la vida del hombre. Viviendo en esta nueva dimensión, el cristiano sentirá también más intensamente la llamada de la voluntad de Dios, estará más abierto para responder a ella.
    Y como esta actualización de la intención se hace por una conformación a las grandes intencions de la Iglesia, expresadas por el Santo Padre, el cristiano vivirá, por eso mismo, más intensamente también con la Iglesia. De este modo llegamos al aspecto social -la gran preocupación actual del Santo Padre-, que sabe integrarse en AO.
    

   2. TRANSFORMACION:
Conformación Con La Iglesia y En La Iglesia
Podría parecer una tautología hablar del carácter eclesial del AO. Sin embargo, existen quizás en la vida de la Iglesia de hoy 2 aspectos comunitarios, a los cuales, como ya lo he dicho, el AO parece quedar un poco demasiado ajeno.
    Hoy existen en la Iglesia muchos movimientos de oración comunitaria: las «casas de oración», la oración en las comunidades de base, en las Comunidades de Vida Cristiana, el redescubrimiento de la oración en común en las comunidades religiosas y tantas otras formas. El Espíritu Santo trabaja en las almas y en los grupos de cristianos.
    Podemos recordar aquí las palabras que el mismo Santo Padre dirigió a los participantes en un congreso de grupos de oración: «Nos, nos alegramos con vosotros de la renovación de la vida espiritual que hoy se manifiesta en la Iglesia bajo diferentes formas y en diversos medios. En esta renovación aparecen ciertas notas comunes... el deseo de entregarse totalmente a Cristo, una gran disponibilidad a las llamadas del Espíritu Santo, un contacto más asiduo con la Escritura, una amplia dedicación a los hermanos, la voluntad de aportar un concurso a los servicios de la Iglesia. En todo esto podemos reconocer la obra misteriosa y discreta del Espíritu, que es el alma de la Iglesia...» (L’Osservatore Romano, 11 oct 1978, p.2).
    El AO en sus intenciones es eminentemente eclesial, conserva todavía un poco demasiado su forma antigua y su tendencia a limitarse a la dimensión individual.
    Yo desearía que el AO entre más de lleno en este movimiento multiforme de solidaridad por la oración que hoy vivimos en la Iglesia -sin perder nada de su fuerza en la vida de cada cristiano-. Que el AO viva y exprese esta solidaridad por la oración no sólo en las intenciones comunes y en las comunicaciones escritas, sino que bus que, con creatividad, formas de oración en común, en las comunidades religiosas, en las parroquias, etc.:
+ por el ejercicio de la oración de intercesión en la comunidad local. Esta oración de intercesión se encuentra quizás un poco olvidada hoy, al menos no es muy aceptada, por más que sea tan natural y tan humana.
+ entrando en los grupos de oración que existen, para comunicarles la inspiración propia del AO y lo mismo en las otras fuerzas activas apostólicas. (Quizás estos grupos a veces están un poco cerrados en sí mismos). Importancia de las intenciones actuales de la Iglesia;
+ aceptando la palabra de orden del Santo Padre para el Año Santo: la realización de una verdadera reconciliación;
+ explicando las posibilidades que nos da hoy la celebración litúrgica para la oración de intercesión.
+  y con tantos otros modos que el Espíritu os sugerirá, el Espíritu que da a cada uno y a cada época «prout vult».


   3. LA TRANSFORMACIÓN EUCARÍSTICA DEL MUNDO
El AO ha tenido siempre un carácter eucarístico. Podría decirse que el Concilio ha hecho suya la actitud espiritual que se vive en el AO, al decir: «Todas sus obras (de los seglares), sus oraciones e iniciativas apostólicas, la vida conyugal y familiar, el trabajo de cada día, el descanso de alma y cuerpo e incluso las mismas penas de la vida, si se sobrellevan con paciencia, se convierten en sacrificios espirituales, aceptables a Dios por Jesucristo (1Pe 2, 5), que en la celebración de la Eucaristía son ofrecidos piadosamente al Padre con la oblación del Cuerpo del Señor. De este modo, también los seglares, como adoradores que en todo lugar actúan santamente, consagran a Dios el mundo mismo» (L.G., 34).
    Esta «consagración del mundo» es una transformación y una santificación. El Concilio menciona esta transformación y esta santificación al hablar de los religiosos y de los laicos: «Los religiosos, por su estado, proporcionan un preclaro e inestimable testimonio de que el mundo no puede ser transfigurado ni ofrecido a Dios sin el espíritu de las bienaventuranzas. Los seglares... están llamados por Dios para que, desempeñando su propia profesión, guiados por el espíritu evangélico, contribuyan a la santificación del mundo como desde dentro, a modo de fermento» (L.G., 31).
    Por el misterio pascual los hombres han sido puestos en estado de colaborar a la transformación del mundo humano y natural, transformación celebrada y hecha misteriosamente presenta en la Eucaristía, «sacramento del mundo».
    «A todos los libera, para que, con la abnegación propia y el empleo de todas las energías terrenas en pro de la vida humana, se proyecten hacia las realidades futuras, cuando la propia humanidad se convertirá en oblación acepta a Dios. El Señor dejó a los suyos las arras de esta esperanza y un alimento para el camino en aquel sacramento de la fe, en el que los elementos de la naturaleza, cultivados por el hombre, se convierten en su Cuerpo y en su Sangre gloriosos. Esta es la cena de la comunión fraterna y una anticipación del banquete celestial» (G.S., 38).
    He aquí la fuerza y el dinamismo del AO en este mundo en devenir, órgano e instrumento de esta espiritualidad eucarística y eclesial, que vive de esta gran intención de la Iglesia. «Así la Iglesia ora y trabaja a la vez, para que la totalidad del mundo se integre en el Pueblo de Dios, Cuerpo del Señor y Templo del Espíritu Santo y en Cristo, Cabeza de todos, se rinda al Creador y Padre del universo honor y gloria» (L.G., 17).
  

CONCLUSIONES PRACTICAS

   A. ¿QUÉ PODRÍA HACER EL APOSTOLADO DE LA ORACIÓN?
Prácticamente, ¿cómo puede ayudar el AO al mundo moderno?
1. Enseñando a orar.
Existe hoy una verdadera sed de contacto con Dios, de experiencia de Dios, de diálogo con Él. Pero no se sabe orar. El «doce nos orare» («enséñanos a orar»)  (Lc 11,1), es de una actualidad vital. Enseñar a orar es uno de los primeros apostolados hoy; es colaborar con el Espíritu y poner la base de toda otra actividad espiritual, interior y apostólica. Sin oración no puede haber apostolado de la oración; por eso, el primer apostolado del AO es enseñar a orar. Orar en su doble dimensión: personal y comunitaria. Dos aspectos, dos formas de orar que se complementan y cada una es estímulo para la otra.
2. Mostrar el significado y la realidad del apostolado de hoy. Exponer la realidad del mundo con toda su dramaticidad y mostrar la urgencia que el mundo tiene de encontrar una solución, la que sólo puede venir de Dios que obra y mueva a los hombres para que actúen según su Espíritu. Cuando se comprenda la urgencia del apostolado y las dificultades a que debe hacer frente, entendiendo el apostolado en toda su amplitud, será mucho más fácil que la oración brote espontáneamente.
3. El AO como servicio a la humanidad. Algunos de los grupos han señalado esta idea: dar al AO el sentido de servicio a la humanidad, es decir, orientar la oración y la espiritualidad del AO a mover a las almas a la acción en servicio de los prójimos, en toda la vasta gama de servicios que la Iglesia nos presenta hoy como propia de los cristianos.
    No que vayamos a transformar el AO en grupo de activistas, pero tampoco reducirnos a un grupo que ora pero no siente sus responsabilidades y la necesidad de su cooperación efectiva ante los problemas del mundo que le rodea.
    Hoy más que nunca, el mundo es sensible a aquellas palabras del apóstol Santiago: «¿De qué sirve, hermanos, que alguien diga: `tengo fe´, si no tiene obras...? Así también si la fe no tiene obras, está realmente muerta» (Stgo. 2, 14-17).
    Es preciso combinar la oración con la acción de servicio. Esta idea tan ignaciana y tan propia también del actual Papa Pablo VI (ver Octogessimo Adveniens, 48-49) debe ser atentamente meditada y considerada, con el fin de logar integrar el servicio que ya presta el AO por medio de la oración, con otros servicios de orden social, caritativo, etc.
4. Enseñar de modo actual el significado de ser «contemplativus in actione», de «encontrar a Dios en todo», del «contemplata tradere», expresiones que denotan una realidad similar, aunque con matices en el modo de considerar la vida espiritual. En el hombre espiritual, todo debe tender a la unidad de una vida cristiana «ad maiorem Dei gloriam».
5. Servirse mucho de la liturgia. No solamente la santa Misa, que es siempre el centro de toda liturgia, sino también las liturgias de la palabra o paraliturgias, acomodándolas para atraer al mundo de hoy a orar por el apostolado y la evangelización.
6. Cultivar el campo, todavía inexplorado, de la oración junto con los hermanos separados y, aun con otras religiones, como la musulmana, etc., que creen en el verdadero Dios. Campo inmenso, aunque delicado, en el que el AO puede desarrollar una preciosa actividad. Es cierto que la unidad de la Iglesia es obra del Espíritu Santo y que es un misterio para el mundo de hoy el saber cómo se llegará a esa unidad, pero es cierto también que la oración por la unión y la oración «uno ore et uno corde» será uno de los medios más eficaces para llegar a la unión completa en la fe. Todo lo que podamos hacer en esta dirección será una excelente colaboración para la «unión de los cristianos», que la Iglesia y el Santo Padre llevan tan en el corazón.


   B. LO QUE LA COMPAÑÍA DEBE HACER
    1. Convencerse de que el AO conserva hoy su valor esencial, aun cuando en sus manifestaciones exteriores y en sus aplicaciones deba ser adaptado al mundo moderno.
    Incluso hay que añadir que el AO es de más valor en nuestra época y que por tanto se impone un esfuerzo serio para utilizarlo en toda su plenitud.
Para ello, nos toca (a vosotros y en especial a mí) presentarlo a la Compañía de la manera más oportuna, mostrando toda su actualidad.
    2. Orar por el AO. En las circunstancias presentes será muy conveniente pedir al Señor por el mismo AO, para que nos ilumine y nos ayude a encontrar soluciones a los problemas fundamentales que ahora se ofrecen a nuestra Organización.
    Y tengamos confianza que, si en algún caso, en éste no faltará el Sagrado Corazón en cumplir su promesa de bendecirnos «ultra quam speraverint...» y de ayudarnos. A nosotros toca esperar mucho «dilatando spatis caritatis et spei».
    3. Buscar más colaboradores. Si el AO quiere realizar un trabajo que sea resultado eficaz de su adaptación al mundo moderno, necesita tener más colaboradores fuera, pero especialmente dentro de la Compañía.
    La dificultad de encontrar gente joven, que colabore con entusiasmo y competencia, puede explicarse en gran parte por la evolución que en todos los sectores del apostolado se está verificando en la Iglesia y en la Compañía.
    Más en concreto: en un apostolado como el vuestro, la dificultad sube de punto, porque en él vienen a centrarse muchos y diversos problemas: de origen  teológico, espiritual, psicológico, pastoral, etc. El AO se relaciona con la cristología, con los modos de actuar en la pastoral y lo que ello supone de diversidad en las devociones y prácticas externas, que hasta el presente habían caracterizado el AO.
    Por eso yo creo que para no caer en un círculo vicioso -no nos renovamos porque no tentemos gente joven y no tenemos gente joven porque no nos renovamos- tendríamos que ir en la dirección de dar al AO una inyección de gente joven y procurar al mismo tiempo una simultánea apertura de los métodos tradicionales, que puedan ser renovados.
    Hay que evitar 2 extremos: querer que los jóvenes se adapten a unos métodos y a una mentalidad que ellos consideran ya como obsoleta y obligar a los actuales directores a prescindir en todo de una experiencia, de una tradición e incluso de una doctrina que tiene muchos puntos válidos y esenciales, aunque tengan algunos elementos ya superados.
    Para poder tener una amplia colaboración verdadera, espontánea y duradera de los NN., es preciso que podamos presentar este apostolado como una cosa de gran valor hoy, lo cual no se logra con la argumentación de una imposición de fuera, sino con el convencimiento de razones internas y de experiencias y con la necesaria abertura para una experimentación bien fundada y sometida a una periódica evaluación.
Varias veces se ha hecho alusión a la falta de colaboración de parte de los Superiores de la Compañía. Creo que nuestra labor de persuasión debe empezar por algunos de ellos. Al establecer las prioridades de sus Provincias con toda sinceridad y con sentido de responsabilidad, quizá consideran al AO como algo que fue válido un día, pero que ha perdido su actualidad. Nada obtendremos con echarnos mutuamente en cara los defectos: debemos, en una labor constructiva, entablar un diálogo constructivo para llegar entre todos –superiores, encargados edel AO, jóvenes y menos jóvenes- a redescubrir los valores que sea menester redescubrir y  poder dar al AO una imagen y una realidad que exprese todo su valor actual y convenza a todos de su importancia. Esta es la labor inicial que debemos hacer, si queremos un florecimiento y una renovación del AO en las circunstancias modernas. Manos, pues, a la obra, desde el momento que salgáis a vuestras Provincias, que nosotros haremos aquí nuestra parte.
    4. Perseverar en el estudio y en la exposición de la devoción al Corazón de Jesús será otro gran servicio que el AO puede prestar al mundo cristiano de hoy.
     No solamente un estudio teológico, necesario para profundizar más y más en el conocimiento de las «riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios» (Rm 11, 13), sino también un estudio pastoral de la exposición de la doctrina y de la práctica del culto. No podemos ser ciegos a las dificultades que esto presenta hoy. Este es un punto de pedagogía catequética, bien difícil y cuya  solución supone el análisis de los diversos aspectos del problema: teológicos, psicológicos, simbólicos, afectivos, estéticos, etc., que es preciso considerar de un modo práctico y actual. Es claro que esto supone abertura, comprensión, prudencia y paciencia; supone el colocarnos en la mentalidad de los demás, el tratar de comprenderlos sin condenarlos «a priori», aunque a veces se nos haga difícil admitir ciertas posiciones, expresiones o manifestaciones.


CONCLUSIÓN: LA DEVOCIÓN AL CORAZÓN DE JESÚS

Hemos de dar gracias a Dios por el don que ha hecho a la Compañía de esta devoción. Es éste nuestro tesoro. Esta devoción es característica del AO. Ella «personaliza», hace personal esta fuerza transformadora.
El Cristo glorioso es Aquel que se ha manifestado a San Ignacio en La Storta, llevando la cruz en la cual nos ha rescatado, es Aquel que nos ha manifestado sobre la cruz su Corazón atravesado, hoguera de amor.
Esta atención amante al Cristo glorificado, herido por amor, «agnus tamquam occisus», descubre el aspecto de sacrificio que lleva consigo esta vida de oración y de acción por la transformación del mundo, a la cual se consagran los miembros del AO.
    Sacrificio quiere decir sufrimiento, quiere decir olvido total de sí, quiere decir muerte a sí mismo. El sacrificio no es sólo soportar con paciencia las adversidades de la vida. El espíritu cristiano de sacrificio es una actitud supremamente activa, es el don de sí -sin reserva- en el amor, con una generosidad de dimensiones divinas. En retorno, se cumplirá en nosotros el «ultra quam speraverint», es decir, recibiremos gracias extraordinarias para la salvación y la santificación del mundo del mundo de hoy; obtendremos también el realizar de una manera particularmente eficaz el fin de nuestra Compañía. El espíritu cristiano de sacrificio llega a ser, en fin, un lugar de amor en el cual el hombre clama (para tomar los términos muy fuertes, casi duros, del Padre Teilhard): «Señor, enciérrame en lo más profundo de tu Corazón. Y, cuando me tengas ahí, quémame, purifícame, inflámame, sublímame, hasta la satisfacción perfecta de tus gustos, hasta la más completa aniquilación de mí mismo».

Publicado en:
ARRUPE Pedro, S.I., "En el Solo... La Esperanza", Secretariado General del APOSTOLADO DE LA ORACIÓN, Roma, s/f, pp.41-57.

jueves 4 de junio de 2009

PARA JESÚS DE NAZARET TODO CORAZÓN ES SAGRADO

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En nuestra cultura, la palabra «corazón» suele referir a 2 centros vitales bien diferentes: Uno externo, biológico; otro interno, afectivo. Se trata del palpitante músculo que bombea la sangre que necesita el cuerpo para vivir. Y de la misteriosa fuente de donde brotan sentimientos, deseos y pasiones personales.
     En las dos acepciones se considera que el corazón tiene vida propia, auntónoma: Como mi corazón biológico me asustará un día infartándose -y alguno, se detendrá sin mi permiso-, el corazón afectivo me sorprende cotidianamente con sentimientos y deseos inéditos.
    La ciencia positivista busca domesticar el corazón físico. Pero sostiene que no se puede, ni debe, ir contra los impulsos del corazón afectivo. Extraña experiencia común es que los sentimientos «fuertes» duelen «en el alma» y en el músculo cardíaco.
    La verdad es que hoy no damos importancia al corazón hasta que se enferma, o nos embarca en alguna aventura afectiva.
    Jesús de Nazaret hablaba del corazón de la gente. Y del suyo propio. Pero, nunca refiriéndose al músculo, ni al responsable de los afectos. Iba más allá de uno y otro. Porque nadie es mejor o peor por manifestársele una cardiopatía, alegrarse, acongojarse, o desear algo. Sano o enfermo, en paz o tentado, querido o despreciado, cada uno actúa según su consistencia, la que resulta de su compromiso con los misterios fundamentales de la vida: su pertenencia a la humanidad que se desenvuelve históricamente... y a la trascendencia de que venimos, en que vivimos, a donde vamos. Según reconoce y vive la realidad, cada uno constituye su corazón.
    -La verdad los hará libres, anunciaba Jesús. La verdad parcializada o distorsionada corrompe el corazón y las palabras y acciones que lo expresen serán injustas.
    Jesús llama «bienaventurado» a quien tiene el corazón limpio (Mt 5 8). Por eso, antes de mandar amar como Él (Jn 15 12), ofrece: -Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón (Mt 11 28-30).
    Se necesita un corazón manso para mantenerse en el amor de Dios y el servicio a los hermanos que no dan signos de conversión. Y es preciso un corazón humilde para aceptar que el camino que trazó Jesucristo pasando por la cruz, es la única salida que nos regresa a la vida de Dios.
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lunes 1 de junio de 2009

Intención de Oración Universal de Junio 2009

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Que Se Concrete La Ayuda Internacional
A Las Naciones Pobres,
Aliviándolas De La Abrumadora Deuda Externa

Se llama Deuda Externa a la suma de todas las deudas que un país mantiene con acreedores extranjeros.
Deuda Externa Pública es la que el Estado contrajo en nombre del país y Deuda Externa Privada la que contrajeron particulares. Ambas implican dinero que sale de fronteras.

DINERO EN OFERTA
Los países contraen deudas cuando su capacidad económica es insuficiente, por ejemplo,  para emprender las realizaciones que sus ciudadanos necesitan para trabajar más eficazmente y  participar más competitivamente del mercado mundial, de manera que pueda ir empárejandose el nivel de vida de todos y todos se beneficien de los avances de la humanidad. También, para paliar consecuencias de grandes catástrofes nacionales. Con estas u otras razones como excusa, demasiado a menudo gobiernos corruptos e inescrupulosos endeudan a sus países para maquillar sus malas administraciones, mantenerse en el poder o enriquecerse, con sus familias y camarillas.
    Pero no siempre fue, ni es, así.
Sin embargo, las intenciones de los países ricos casi siempre fueron aviesas cuan do ofrecieron préstamos a los pobres y se apresuraron a concedérselos: Ellos y sus organismos intermediarios siempre colocaron sus ganancias para sacarles réditos, aun sabiendo que no los cobrarían sino a costa del sufrimiento de los pueblos: Es lo que en el Forum 2004 de Barcelona se llamó la Deuda Indigna.

LA DEUDA EXTERNA
    En los años de «guerra fría», Estados Unidos de Norteamérica gastó más de lo que tenía. Su déficit fiscal produjo la devaluación del dólar. Fijado en esa moneda, el precio internacional del petróleo se vino al piso.
En  1973, los productores de petróleo triplicaron el valor del barril engordando sus cuentas bancarias con lo que se llamó «petrodólares». Con tanto dinero buscando rentabilidad, los intereses se desplomaron y los bancos debieron enfrentar una crisis financiera internacional.
     Algo se invirtió en emprendimientos «de crecimiento». Pero, buscando mayores ganancias, el resto se orientó a la especulación y la «ayuda» a países pobres.
Tal circunstancia fue el comienzo del problema.
Representantes de gobiernos y bancos internacionales y privados del norte, visitaron a los gobernantes de las naciones subdesarrolladas. Ofrecían bajas -aunque "variables"- tasas de interés, acompañadas de importantes comisiones. Parte importante de la "ayuda" eran créditos para adquirir productos de las empresas de los países «donantes». Así, el norte reconquistaba la dependencia de lo que fueran sus colonias y conseguía nuevos mercados.
    En esos años, la mayoría de los países «en vías de desarrollo» sufrieron golpes de estado y tuvieron gobiernos «de facto», ilegítimos. Simultáneamente, desde 1974, el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM) dejaron de cuidar que los países asociados no generaran deudas impagables: en cambio, avalaron e institucionalizaron la dependencia.
La cláusula de los contratos que sometía la tasa de interés a los mercados -en manos de los acreedores-, hacía imposible pagar lo recibido. De la tasa del 6% original se pasó al 7.5%, luego al 8, después al 11, al 14 y, en menos de un año, al 22% anual.

LA DEUDA ETERNA
    Así, el interés de usura aumentaba exponencialmente la deuda y el «tercer mundo» traspasaba al «primero» mucho más dinero que el recibido.
    Para pagar, refinanció lo adeudado y pidió nuevos préstamos:
La deuda externa quedó instalada como deuda eterna.
Las naciones pobres de Africa y América se hicieron más pobres, hasta la total enajenación de sus reservas, el desmantelamiento de sus industrias... y su disolución familiar y social. El desempleo, el subempleo y el empleo precario pusieron la economía en el centro de la preocupación de familias y gobiernos.
    Se calcula que hoy los países pobres «deben» unos 3 billones (3 millones de millones) de dólares, algo más en deuda pública que privada. Estos países calculan, no sólo cuánto de la deuda corresponde a cada ciudadano activo, sino la hipoteca con que nace cada bebé.

LA DEUDA DE LA DEUDA 
Según aquello de «a río revuelto ganancia de pescadores», en los países agobiados por la deuda brotaron populismos, retoñaron culturas primitivas, regresaron los brujos y cundieron individualismos y migraciones.
«-Sálvese quien pueda», «-Los capitales no tienen patria», «-Vivamos el momento», «-No hay verdad, todo es relativo», «-Sólo importa lo que se ve y toca», «-El fin justifica los medios», «-Si no el poder, tengamos el gobierno», son expresiones del deshilacharse cultural y del disiparse de la moral y del sentido de pertenencia.
Y, extrañamente, justificándose en la «globalización», todos los gobiernos sometidos por la deuda externa -históricos y «progresistas»- realizan idénticos deberes, dirigidos a descalificar las costumbres, el derecho y los conceptos tradicionales.
La deuda externa no sólo sem bró vientos. Desató tempestades de proyección inimaginable.

La Oración Por la Deuda 
En 2007, en ocasión de que la canciller de Alemania, Angela Merkel, asumía la presidencia de la Unión Europea y del G8, el Papa Benedicto XVI le escribió: «Me alegra que el tema «pobreza» esté ahora en el orden del día del G8 con una referencia explícita a África... Es necesario tomar medidas a favor de una rápida cancelación completa e incondicional de la deuda exterior de los países pobres altamente endeudados y de los países menos desarrollados. Asimismo, han de tomarse medidas para que estos países no acaben de nuevo en una situación de deuda insostenible... La eliminación de la pobreza extrema antes del año 2015 es de las tareas más importantes de nuestro tiempo... Los fieles católicos están dispuestos a ofrecer su propia contribución a estos esfuerzos y apoyan de manera solidaria su compromiso...».
     La vida de los católicos que este mes oran diariamente con las intenciones de la Iglesia es parte fundamental de esa contribución y de ese apoyo solidario.
orar pensando

1. ¿Por qué los países ricos deben ayudar a los pobres?
2. ¿Los pobres deben pedir y esperar ayuda de los ricos, o exigirles y sacarles?
3. ¿Jesús trató el tema del endeudamiento? ¿qué dijo?
4. ¿Qué condiciones debiera cumplir un préstamo justo entre países, de parte del prestamista y de parte del deudor?

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Palabra para Orar: Junio 2009

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orar con la palabra

Verdadero ayuno, la justicia:      Is 58 1-11

Unidad de todos los Pueblos:           Sal 121

La injusticia clama a Dios:             St 5 1-6

Todos al banquete:                   Lc 14 12-14

Intención de Oración Misional de Junio de 2009

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QUE LAS DIOCESIS QUE TRABAJAN EN REGIONES VIOLENTAS
SEAN SOSTENIDAS POR EL AMOR
Y  LA CONCRETA CERCANÍA DE LOS CATÓLICOS DEL MUNDO

La palabra pastoral de los obispos de nuestro continente formulada en Aparecida nos ayuda a orar este motivo de preocupación y ocupación de toda la Iglesia.
  
La opción preferencial por los pobres nos impulsa, como discípulos y misioneros de Jesús, a buscar caminos nuevos y creativos, a fin de responder otros efectos de la pobreza. La situación precaria y la violencia familiar con frecuencia obliga a muchos niños y niñas a buscar recursos económicos en la calle para su supervivencia personal y familiar, exponiéndose también a graves riesgos morales y humanos (409).

Es deber social del Estado crear una política inclusiva de las personas de la calle. Nunca se aceptará como solución a esta grave problemática social la violencia e incluso el asesinato de los niños y jóvenes de la calle, como ha sucedido lamentablemente en algunos países de nuestro continente (410).

Es expresión de caridad, también eclesial, el acompañamiento pastoral de los migrantes. Hay millones de personas que, por distintos motivos, están en constante movilidad. En América Latina y El Caribe constituyen un hecho nuevo y dramático los emigrantes, desplazados y refugiados sobre todo por causas económicas, políticas y de violencia (411).

La paz es un bien preciado pero precario que debemos cuidar, educar y promover todos en nuestro continente. Como sabemos, la paz no se reduce a la ausencia de guerras ni a la exclusión de armas nucleares en nuestro espacio común, logros ya significativos, sino a la generación de una «cultura de paz» que sea fruto de un desarrollo sustentable, equitativo y respe-tuoso de la creación («el desarrollo es el nuevo nombre de la paz» decía Pablo VI) y que permita enfrentar conjuntamente los ataques del narcotráfico y consumo de drogas, del terrorrismo y de las muchas formas de violencia que hoy imperan en nuestra sociedad. La Iglesia, sacramento de reconciliación y de paz, desea que los discípulos y misioneros de Cristo sean también, ahí donde se encuentren, «constructores de paz» entre los pueblos y naciones de nuestro Continente (542).

Una auténtica evangelización de nuestros pueblos implica asumir plenamente la radicalidad del amor cristiano, que se concreta en el seguimiento de Cristo en la Cruz; en el padecer por Cristo a causa de la justicia; en el perdón y amor a los enemigos. Este amor supera al amor humano y participa en el amor divino, único eje cultural capaz de construir una cultura de la vida. En el Dios Trinidad la diversidad de Personas no genera violencia y conflicto, sino que es la misma fuente de amor y de la vida. Una evangelización  que pone la Redención en el centro, nacida de un amor crucificado, es capaz de purificar las estructuras de la sociedad violenta y generar nuevas. La radicalidad de la violencia sólo se resuelve con la radicalidad del amor redentor. Evangelizar sobre el amor de plena donación, como solución al conflicto, debe ser el eje cultural «radical» de una nueva sociedad. Sólo así el Continente de la esperanza puede llegar a tornarse verdaderamente el Continente del amor (543).

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