Y VIOLENTO
Aunque no lo vivamos perfectamente, lo sabemos bastante bien: Para ser cristiano, no alcanza con creer en Dios, rezar a los santos, cumplir ritos, dar limosnas.
El cristianismo es un camino de escucha atenta del Evangelio, de conocer y tratar a Jesucristo y a quienes le acompañan en su trabajo -la Iglesia-, de sintonízar con su corazón, para imitarle en el amor y el servicio. Jesús lo dijo en pocas palabras: -Carguen mi yugo y aprendan de mí corazón.
Quien tiene y mantiene un corazón soberbio, egoísta, competitivo, mentiroso, consumista, nunca podrá cumplir el mandamiento del amor. Por eso insistía San Pablo: tengan los sentimientos de Cristo Jesús. Y San Ignacio de Loyola explicaba: lo fundamental en la vida cristiana es desear y elegir sólo lo que conduce mejor al fin para que fuimos creados: amar, seguir y servir a Dios, nuestro Señor.
El corazón de cada uno es su centro, su caracú, cómo está cons- tituído personalmente: cómo es, piensa, siente, discierne, elige; sus criterios, gustos, deseos, elecciones... y descartes.
Nuestro siglo sufre los derrames de la violencia y del consumismo del anterior. Siendo terrible, no es problema tanto el número de maltratros infligidos, ni el dinero derrochado... Lo terrible es el deseo de posesión implantado en el corazón de cada anciano, adulto, joven, adolescente y niño. Y, con ello, la pretensión de que se tiene derecho a satisfacer la compulsión, como sea, con violencia, pronto, ya, sin tener en cuenta nada ni a nadie más.
El peor mal no está hoy en ser rico o pobre, doctor o analfabeto, poderoso o dependiente, sino en vivir todos alienados en la misma exasperación por satisfacer los deseos de consumir cuanto parece gustoso, disfrutable. Todos padecemos de novelería, de «necesidad» de lo nuevo, lo último, hasta el extremo de perder el respeto propio y de los otros. -Veo: quiero, dice nuestro deseo consumista, de posesión: sea experiencia, actividad, relación, cosa, o cuerpo, propio o ajeno.
En esta circunstancia, el apostol de la oración trabaja una doble lucidez: la del propio corazón y la de las estructuras de relación, donde los estrategas del dinero y del poder nos sacan ventaja, demonizando, además, todo lo anterior, distinto a lo que imponen.














