; Apostolado de la Oración - Uruguay: HORA SANTA con San LUCAS (Lc 5, 15-16)

¿POR QUÉ ORAR LAS INTENCIONES DE LA IGLESIA?

Jesucristo se identificó con la intención del Padre Creador. «Dios quiere hacer del mundo una nueva creación en Cristo» (AA 5). Al adherir a Jesucristo, cada bautizado acepta esa intención. Para que la vida del mundo sea cristiana, ella debe moldear la vida de todos, desde el corazón.

¿Cómo conseguirlo?

Sólo actualizándola cada día: reafirmándola en los «quereres», comprometiéndola en los «decires» (las oraciones), jerarquizando desde ella los «haceres». Es decir, sumando el vivir cotidiano a la correntada de vida nueva brotada del amor «hasta el extremo» de la Pascua.

El APOSTOLADO DE LA ORACION ayuda a hacer realidad la gran intención cristiana situándola en las actuales intenciones de la Iglesia. Al orarlas, el cristiano siente el querer y la llamada concreta de Dios y se abre a responderle eucarísticamente. Y, como la actualización de la intención la plantea cada mes el mismo Santo Padre -en las intenciones "por el mundo" y "por la evangelización"-, vive intensa y ampliamente su integración eclesial.


OFRECIMIENTO COTIDIANO


Dios Padre nuestro:

Te ofrezco todo lo que,con sufrimiento o alegría,

sienta, piense, haga, diga.

Que quienes encuentre, conmigo encuentren a Jesús, este día.

Me ofrezco con Él, Dios Hijo encarnado,

hombre nuevo de corazón sagrado,

que, por salvarnos, entrega su vida, en cada Eucaristía.

Te pido que Dios Espíritu Santo sea mi fuerza y mi guía.

Y yo, testigo de tu amor, todo el día.

A orar con las intenciones que el Papa, este mes, nos confía,

te dedico este tiempo

con la madre del Señor y de la Iglesia,

la Virgen María...
.

19/9/2010

HORA SANTA con San LUCAS (Lc 5, 15-16)

Jesús Famoso 
Juan Antonio Medina Illa, S.I.

0. Presentación: (para saber qué vamos a hacer)
Quien se encuentra con Jesucristo, inmediatamente es invitado: -«Sígueme» (Lucas 5 27; 9 59; 18 22; Juan 1 43; 21 19.22) -«Vengan y vean» (Juan 1 39), -«Aprendan de mí» (Mateo 11 28). Encontrarse con Jesucristo supone disposiciones que se dan en la inocencia -en los niños y quienes se hacen como ellos (ver Lucas 18 15-17)- y, después, en situaciones límites: fracaso, sufrimiento, culpa, muerte: Es así que Jesús llama: -«Vengan a mí los cansados y agobiados» (Mateo 11 28). El satisfecho suele estar espiritualmente bloqueado, «neutralizado», lejos de la humildad, la disponibilidad, la generosidad: -¡«Qué difícil que un rico entre al reino de Dios!» (Lucas 18 25). Por eso, Jesús anunciará a pobres, hambrientos, dolientes y excluidos que no son desgraciados sino agraciados, que no son malaventurados sino bienaventurados. En cambio, se lamentará por los poderosos, los hartos, los halagados, los que ríen despreocupados (Lucas 6 20-26).
Aceptar la invitación cristiana implica respuestas radicales e inmediatas: negarse a sí mismo (Lucas 9 23-26; Lucas 17 33), poner a Jesús por encima de todo y todos –incluso el padre y la madre, la mujer y los hijos- (Lucas 14 25-26), caminar sin separarse de Él (como los sarmientos del tronco de la vid -Juan 15 4-5-), cargando la cruz diaria (Lucas 14 27) y trabajando a su par (en yunta -Mateo 11 29-30-), en su misión (Juan 20 21), amén de orar pidiendo más evangelizadores (Mateo 9 38).
Unirse así a Jesús, es la única manera de conformarse un corazón capaz de cumplir su mandamiento de amar como Él (Juan 15 12). Para ello es indispensable «estar con Él», contemplarlo activamente, llegar a ser «de los suyos». Es la razón por qué, Jesús eligió y llamó a los primeros -y a nosotros, hoy:- «para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar con poder de expulsar demonios» (Marcos 3 16).
Juntos, vamos a «estar con Jesús» una hora, a observar atentamente su corazón «manso y humilde»: para aprender de Él y, después, encarnar en las circunstancias que a cada uno toca vivir, sus disposiciones y actitudes.

1. Preámbulos: (antes de contemplar a Jesucristo, preparamos nuestro corazón y nuestra inteligencia)
1.0. Trazamos sobre nuestra frente la cruz de Jesús, para que nuestros pensamientos sean los suyos. Y lo hacemos sobre la boca, para que hablemos su palabra. Y, también, sobre el corazón, para que su amor nos libre de nuestros enemigos interiores y nos haga libres para participar de la vida de la Iglesia, signo e instrumento de la humanidad nueva: -«Por la señal de la santa cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro».
Entonces, bajo el mismo signo del amor, iniciamos nuestra tarea:
-«En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo».
1.1. Oración de Disposición: (encontrarnos con Dios Hijo y entrar en su corazón, necesita nuestro esfuerzo pero, antes, el respeto que pide entrar en su Amor, el de Dios Trinidad).
Oremos: Dios del cielo, que nos diste a Jesucristo como amigo, con quien caminar en dirección a Tí: ayúdanos a unir nuestro corazón al suyo y a vivir como tus hijos, como hermanos, en humanidad: que confiemos totalmente en Él, el hermano mayor que nunca defrauda porque se entrega sin guardarse nada, que va delante y ya llegó y vive junto a Ti, como esperamos vivir nosotros, en el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.
1.2. La historia: (recordamos cómo narra San Lucas el pasaje de la vida de Jesús que queremos contemplar)
Jesús atiende a la gente, enseña, hace signos ordinarios y extraordinarios del amor de Dios.
Entonces, cuenta Lucas que… «Su fama se extendía cada vez más y una numerosa multitud afluía para oírle y ser curados de sus enfermedades. Pero él se retiraba a los lugares solitarios, donde oraba» (Lucas 5 15-16).
1.3. Composición de Lugar: (para contemplar el concreto actuar de Dios y el del hombre nuevo, debemos ubicar dónde sucedió. Podemos recurrir al mapa de Israel de tiempos de Jesús, que suele haber al fin de la Biblia).
Lo que vamos a contemplar sucedió involucrando a muchísima de la gente que vivían en Palestina, en tiempo de Jesús, país de sólo 25 mil kilómetros cuadrados, aproximadamente como los departamentos de Tacuarembó y Rivera juntos que, en el norte de Uruguay, suman 24.800 kilómetros cuadrados-. En aquella época, allí vivían unas 600 mil personas.
El norte, una región llana y rica -donde estaba el lago de Galilea y el monte Tabor, de 588 mts. de altitud- era la tierra de los galileos, entre quienes creció Jesús: de allí partían y por allí pasaban muchas caravanas militares, de comerciantes y de peregrinos, que llevaban y traían noticias de los países de Europa y de Asia, así como de la capital. En el sur, los judíos vivían en referencia a Jerusalem centro administrativo y religioso del país: los aristócratas residían en la parte alta, cerca del templo y el pueblo se derramaba en las laderas, hasta el valle árido. Al centro del país, Samaria estaba habitada por israelitas mezclados con otras razas y culturas, que adoraban a Yahvé en el monte Garizín. En el año 63 antes de Cristo, Pompeyo había invadido y anexado el país al imperio de Roma, sembrándolo de legionarios.

2. Contemplación: (para aprender a vivir y orar, planteamos 3 puntos donde detenernos, desde donde considerar nuestra vida)
1er. punto: La fama de Jesús se extiende más y más.
A Jesús le sucede lo que tanta gente sueña hoy: ser más y más famosa.
Jesús actúa. A veces, alguno reconoce en su actuar la presencia de Dios y adhiere a su propuesta de vida. Pero, siempre, algún otro cuenta lo que vio, repite lo que oyó, comenta lo que le parece… y el bla bla corre «como reguero de pólvora»: incontrolable e impredecible.
Jesús no buscó ser famoso, pero se encontró siéndolo, tanto que los evangelios consignan que «ya no podía presentarse en público en ninguna ciudad» (Mc 1 45) 
Si no comprendemos lo que la fama es y da de sí, no contemplaremos con justicia el comportamiento de Jesús, ni los motivos de su corazón
La fama es la secuela común de actuar socialmente fuera de lo acostumbrado, rutinario e igual…
Miremos a los israelitas de 2 mil años atrás. Son varones y mujeres, en lo esencial no muy distintos de los actuales: viven ahogados en lo cotidiano, atados a cumplimientos y rutinas, deseando «desahogos» y «escapes». Cuando sucede algo nuevo o diferente, simplemente lo aceptan. Casi nadie mira las motivaciones de lo distinto: si es espontáneo o premeditado, si trae intenciones honestas o aviesas, si busca imponer un capricho u ofrecer un aporte. Y, porque se vive entre ocupaciones y preocupaciones, tampoco se suele mirar las consecuencias de lo que sucede: cuánto el sobresalir de ese desarrolla o diluye el espíritu y la cultura de las personas y la sociedad. Por su parte, la fama nunca da cuenta de la exactitud y justicia de los contenidos y  las apreciaciones de los famosos, ni de cuánto carga de exageraciones, interpretaciones e, incluso, invenciones.
Desatada, la fama se instala en la sociedad y deja de ser responsabilidad del famoso, de quienes le hacen de caja de esonancia y del conjunto que convierte en «opinión pública» un nombre y sus acciones. Camuflada en el «se dice», la fama es impersonal e irresponsable. De Jesús «la gente» decía que era un profeta (Lucas 9 18-21), que estaba loco (Mc 3 20), endemoniado (Juan 10 19 21)  y que era un malhechor (Jn 19 30). Discutían por ello (Juan 10 19 21)
Sí, la «buena» fama es tan esquiva y engañosa como la «difamación» y la «mala fama»… y nadie sabe cuándo, o en qué, va a terminar.
En cuanto manipula sin garantías ni controles el prestigio y desprestigio de las personas, la fama siempre es riesgosa… y peligrosa: La misma gente que un día recibió triunfalmente a Jesús en Jerusalem (Lucas 19 36-38), días después lo linchará a gritos (Lucas 23 18).
Lucas anota que la fama acompaña a Jesús desde su bautismo: primero se extendió «por toda la región de Galilea» (4 14-15), luego, por «todos los lugares de la región» (4 33-37) y, ahora, «cada vez más». Ya es incontrolable. Pronto se extenderá también «por Judea y sus alrededores» (Lucas 7 17), y habrá llegado al mismísimo rey Herodes, que se alegrará «mucho» cuando le presenten -detenido y maniatado- a Jesús, pues «desde mucho tiempo atrás deseaba conocerlo y ver alguno de sus milagros» (Lc 23 8; ver Lucas 9 7-9).
La opinión pública saca del anonimato, hace «conocido» a alguien. Parece positivo recibir notoriedad. Pero, el mero sobresalir no dice una reputación -prestigio o desprestigio-, ni una verdad, o un mensaje constructivo. Que la fama de Jesús crezca, no asegura a nadie que su revelación sea verdadera, ni que la gente la conozca más y mejor; y menos, que la reciba convenientemente y adhiera a ella.
La fama sitúa a Jesús a la altura de los que sobresalen, no de los mejores, no de los que construyen. Así, el procurador romano Poncio Pilato, lo pondrá lo a competir en fama con Barrabás, «encarcelado por violencia civil y asesinato»… ¡Y Jesús perderá, cuando el pueblo elija: -»Fuera ese, suéltanos a Barrabás»! (Lucas 23 18). Lucas no pudo escribir «el prestigio de Jesús se extendía más y más», o «Jesús iba haciéndose más y más célebre». Recibe prestigio quien recibe la aprobación y el compromiso de otros. Es célebre quien provoca con sus bondades la alegría y la adhesión de otros. No es lo que sucede con Jesús.
(pausa reflexiva)
Nos toca vivir en una cultura donde la fama es un bien en sí mismo, casi un derecho humano fundamental y su ausencia motivo de angustia, tristeza y depresión… o de enojo, furia y violencia. No ser conocido y tenido en cuenta es considerado una injusta afrenta social. Si otros son conocidos, ¿por qué yo no? No se vive por ser hijo de Dios entre hermanos, sino por sobresalir y ser reconocido entre ellos. No se elige estudio y trabajo por vocación, sino por «la plata que da», para «ser alguien». No se trabaja por aportar a la sociedad, sino para ser reconocido –remunerado- por ella. No se milita por convicción, sino para «progresar» y «ganar» entre los demás. No se tiene hijos por colaborar con la creación de Dios y la especie humana, sino para «disfrutarlos».
 Se vive por los demás y para sí mismo, en lugar de por Dios y para todos. Así es que cualquier acción es válida para «posicionarse». El lema de mucha gente es: –«No importa qué hablan, sino que hablen». Así, se paga cualquier precio por la fama, sin importar ni costos ni consecuencias. Para conseguirla, se la sigue y persigue, sobre todo en los grandes hacedores de fama, los medios de comunicación, donde, si «lo dijo por radio» habló en nombre de Dios y si «salió en televisión», fue bendito para siempre.
¿Cómo me sitúo yo ante la fama?: ¿Me importa? ¿La busco? ¿Cómo actúo frente a lo que se habla de mí?
¿Cómo me sitúo frente a la fama de otros?: ¿La tengo en cuenta? ¿Cómo? ¿O prescindo de ella?
¿Quiénes son hoy los famosos? ¿Jesús es uno de ellos?

2ª punto: Una numerosa multitud afluía para oírle y ser curados de sus enfermedades.
Literalmente: «muchas multitudes». Llegaban de distintos lugares. Muchísima gente. En otra ocasión, Lucas lo describe así: «Fueron reuniéndose miles y miles de personas, hasta pisarse unos a otros…» (Lucas 12 1).
Sí, la fama de Jesús mueve a varones y mujeres, niños, jóvenes y adultos, a abandonar la seguridad de sus casas y pueblos; a perder jornadas de trabajo, arriesgarse por caminos y campos; fatigarse, pasar hambre, frío, calor… y sufrir amontonamientos, atropellos, empujes… Parece el ideal de todo el que quiere trasmitir un mensaje: No tener que salir a buscar un auditorio, porque él viene, interesado, por sí.
Recordamos que, inmediatamente antes de la última cena, Jesús previno a sus discípulos que él atraería «a todos» hacia él… Pero no todavía, sino «cuando sea levantado» en la cruz, la que llegará a convertirse en el signo incontestable del «amor más grande» (Jn 15 13), de su amor «hasta el extremo» (Juan 13 1).
 Hasta entonces, la fama determina las expectativas de todos hacia Jesús, los carga de prejuicios. Vienen interesados en «oírle y ser curados de sus enfermedades», condicionados en su apertura, disponibilidad e indiferencia: Si Jesús no dice lo que esperan, o no cura sus enfermedades, volverán frustrados a sus lugares, decepcionados, quejosos, fácilmente convertidos en detractores. De hecho, el mismo pueblo que se hizo eco y abonó la fama de Jesús, que pretendió forzarlo a ser su rey (Jn 6 15) y lo recibió apoteósicamente en la capital (Lc 19 28-38), después exigirá al romano invasor condenarlo a muerte: -«¡A la cruz, crucifícalo!».
Jesús se compadece de estas multitudes y a menudo las recibe y atiende… como cuando multiplicó peces y panes para darles de comer (Lucas 9 11-17). Pero no confía en ellas. Juan recuerda que Jesús intentaba hacerlas conscientes de la actitud que traían, aconsejándoles:
-«En verdad, en verdad les digo: Ustedes me buscan, no porque vieron signos de algo más profundo, sino porque comieron panes y se llenaron. No actúen por el alimento que se consume, sino por el que tienen siempre para la vida eterna» (Juan 6 26-27).
Mostrándoles que no correspondían a la propuesta que les planteaba, les decía también: -«¿Con quién compararé esta generación? Se parece a los chicos que en la plaza se gritan entre sí: -Tocamos la flauta y no bailan, entonamos lamentos y no lloran. Porque vino Juan, el bautista, que no comía pan ni bebía vino y dicen: -Está endemoniado. Vino el Hijo del hombre, que come y bebe y dicen:  -Es un comilón y un borracho, amigo de publicano y pecadores» (Lucas 7 31-34).
Y, más claramente: «-Esta es una generación malvada. Pide un signo, pero no se le dará otro que el de Jonás. Como él fue signo para los ninivitas, así lo será el Hijo del hombre para esta generación. La reina del Mediodía se levantará en el Juicio con los hombres de esta generación y los condenará, porque ella vino desde el extremo del mundo a oír la sabiduría de Salomón y aquí hay algo más que Salomón. Y los ninivitas se levantarán en el Juicio con esta generación y la condenarán, porque ellos se convirtieron por la predicación de Jonás y aquí hay algo más que Jonás (Lucas 11 29-32).
La gente fluye en multitudes, rodea a Jesús, lo constriñe. Recordemos cuando lo arrinconaron contra el lago de Galilea y debió abordar una barca para enseñarles.
También hoy la gente necesita a Dios y a su enviado, Jesucristo. También hoy muchos busca a Jesús. Pero, también hoy la fama condiciona cómo se lo recibe. Muchos han oído que «Dios es amor» y esperan que Jesús les comprenda y consuele en su seguir viviendo como quieren, sin convertirse. Oyeron que Jesús realiza «avalanchas de milagros» y puede hacer que cada uno «pare de sufrir», para lo que están dispuestos a sacrificar un «cumplimiento», o una «ofrenda», pero no a negarse sí mismos, ni a cargar la cruz de cada día (Lucas 9 23). Acuden al «Jesús» que avala concepciones y satisface deseos, no al que cuestiona formas de vida dependientes y egoístas y compromete a trabajar en iglesia, por el Reino del Padre.
En un momento de silencio miremos a tanta gente que en nuestra sociedad busca a Jesús «a su manera». Y a la que acude a los cines convertidos en «templos». Y a tantísimos que dejaron la fe porque no encontraron lo que buscaban, o se desilusionaron viendo con quiénes se acompaña Jesús.
Miremos brevemente nuestra propia actitud de apertura y disponibilidad para escuchar y recibir de Jesús lo que Él quiere decirnos y darnos… (pausa reflexiva)

3º punto: Jesús se retiraba a lugares solitarios, donde oraba
Observemos a Jesús esconderse de la gente. Es extraño. Ve venir a las multitudes y se va. ¿Se aleja aprisa, o se cubre con el manto y pasa, disimulándose entre todos, hacia donde no hay nadie? Tal vez penetra un cañaveral, o se adentra en una quebrada, o sube a un cerro y arrebuja en una cueva. ¿Qué conducta es esa? ¿Qué sucede en su corazón?
Jesús no es de guardarse. Al contrario. Él no vive por sí (a partir de su voluntad, sus afectos, deseos, intereses), ni para los suyos (su familia, amigos, partido, clase). Vive por Dios -el Padre-, para todos los que estén dispuestos a aceptarlo. ¿Por qué busca sitios solitarios?
A los 12 años ya había expresado su conciencia de que «debía estar en las cosas del Padre-Dios» (Lc 2 50). Más adelante explicará que vino a «llamar a conversión a los pecadores» (Lc 5 31), a «arrojar un fuego de definición sobre la tierra» (Lc 12 49) y, entonces, «a salvar lo perdido» (Lc 19 10). Vivía para todos y con todos. Mateo lo describió así: «recorría todas las ciudades, pueblos y caseríos, enseñando en las sinagogas, proclamando la buena nueva del Reino y sanando toda enfermedad y dolencia» (Mt 9 35). Juan recordará que dijo a los judíos: «-Vine para que tengan vida en abundancia» (Jn 10 10).
¿Será que considera que las multitudes no son un auditorio conveniente para predicar su mensaje?: ¡Pero si les dedicó largas horas,  por ejemplo, en el llamado Sermón de la montaña» (ver Mateo 5 1ss).
Es importante decirlo claramente: Jesús quiere dar a conocer su mensaje y ser conocido él mismo. En su «oración sacerdotal», manifestó saber claramente que «la vida eterna es que te conozcan a ti, Padre, el único Dios verdadero y a tu enviado, Jesucristo» (Juan 17 3). Debe darse a conocer, además, porque su seguidores andarán su camino sólo unidos a él, puesto que «sin mí no pueden nada» (Juan 15 5). Y más, todavía: Su cometido es provocar definiciones, no pasar desapercibido: «-Les aseguro que vine a dividir. Desde ahora en una casa habrá cinco y estarán tres contra dos y dos contra tres. Estarán divididos el padre y el hijo, la madre y la hija, la suegra y la nuera» (Lucas 12 51-53). ¿Por qué, entonces, ahora, cuando la gente viene, se aleja?
Jesús no actúa por actuar, sino por conseguir un fruto preciso que no es, ciertamente, ni la sociabilidad, ni el someterse a las exigencias de la fama. Lo suyo es trasmitir y realizar una -en griego- «aggelion», noticia. No una simple noticia, sino una «buena» noticia -la «eu» (buena) «aggelion» (noticia)-, el evangelio.
Una buena noticia es cuestión de comunión entre personas… no de trasmisión de enseñanzas o beneficios. El Evangelio, no encuentra cabida en apetitos egoístas, ni engarce en curiosidades simples, o intereses meramente intelectuales: en ellos suscita interpretaciones y dudas, sospechas, envidias y competencias. Y siempre desilusiona.
Valora el Evangelio quien trae actitudes de niño y quien vive las situaciones existenciales planteadas por Jesús en sus bienaventuranzas: sólo él se sorprende, se le cambia la perspectiva, abandona lo chato, aburrido y triste; encuentra la alegría y el entusiasmo que se hacen celebración y vida fecunda.
Jesús no percibe comunión en los que llegan atraídos por su fama. Y no cree que pueda provocarla en esas multitudes que vienen de regiones distintas y con versiones diferentes de quién es Él y qué hace. ¡Ciertamente, la fama es un inconveniente grande para la predicación del mensaje cristiano! Por eso, en cada ocasión, Jesús intentó detenerla antes que la iniciaran: los demonios (Lc 4 41), los beneficiarios de sus milagros (por ej.: el leproso: Lc 5 14; Jairo y Sra.: Lc 8 56), o sus mismos apóstoles (Lc 9 21; Mt 17 9). Sin haberlo conseguido, ahora no le queda sino retirarse a lugares solitarios.
Otras formas de lo mismo es cuando dice a los sacerdotes, escribas y ancianos que cuestionan su autoridad: -«Si no responden mi pregunta, no contesto la de ustedes» (Lc 20 1-8). O cuando, llevado ante el rey Herodes, no abrió la boca (Lc 23 9).
De su juicio y experiencia, Jesús aconsejará a los apóstoles en lenguaje figurado: «no den a los perros lo que les es santo, ni desparramen sus perlas en el chiquero, porque, además de destruirlas, los cerdos los destrozarán a ustedes» (Mt 7 6).
Nos queda fijarnos en que Jesús, no sólo toma distancia de la gente que lo considera famoso, sino que, en su soledad, ora.
Seguro que no le es grato alejarse, abandonar a los que lo requieren. Probablemente lo vive como una contradicción sin remedio. ¿Quién más que el Padre sabe qué pesa en su corazón? ¿A qué otro puede recurrir en su soledad? ¿Dónde más que en la oración puede encontrar paz?
Sabemos que en la oración se preocupaba por su fama. «En cierta ocasión, orando a solas en compañía de sus discípulos, les preguntó: ¿Quién dice la gente que soy?» (Lc 9 18).
Desde mi identidad de discípulo y misionero, ¿tomo distancia de cómo la mayoría espera que actúe, según sus costumbres e intereses? A partir de los hechos de vida de Jesús, ¿discierno mis circunstancias con inteligencia y valentía? ¿Asumo la soledad de la vocación cristiana y llevo a la oración las conductas que elijo por realizarla? En un momento de silencio, resumamos las enseñanzas que debemos conservar de esta contemplación.  (pausa)

3. Agradecimiento: (por lealtad)
    Te damos gracias, Padre, por Jesús: por su corazón lleno de tu Amor compasivo, siempre inocente, pero nunca ingenuo. Te agradecemos su testimonio de generosidad y valentía, de inteligencia y coherencia, para vencer el pecado y sus consecuencias ¡Gracias por su Espíritu Santo que nos une a Él y entre nosotros, haciéndonos discípulos y misioneros! También te agradecemos por la Iglesia, que nos trasmite su vida, abriéndonos caminos de conversión y paz. Te pedimos que no nos dejemos envolver por lo que se dice de nosotros, sea a favor o en contra. Y que tengamos la libertad de actuar siempre sólo en función de la vida del Evangelio, ya que el tiempo es corto y la vida de todos depende de lo que pongamos en ella…  (Cada cual continúa orando personalmente, si quiere en voz alta).
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